Mostrando entradas con la etiqueta te juro que no me lo inventé. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta te juro que no me lo inventé. Mostrar todas las entradas

martes, 23 de noviembre de 2010

La pinchi vida con sus pinchis chistecitos

Para el tránsito alcahuete de Vallarta y Juan Palomar y Arias, la señorita de Laboratorios Julio que me dejó recoger mis fotos sin ticket, y el dueño del Café Madrid, que me dio un buen tour fotográfico y un café gratis.

A la vida le encanta joder. Le encanta tirarte el café en el trabajo final que llevaste a las 9 de la mañana a Mariano Bárcenas esquina con Hidalgo a empastar, llevarte al ÚNICO Office Depot en toda la Zona Metropolitana de la Benemérita Sociedad de Tapatilandia en el que NO imprimen fotografías, descomponer tu USB, y que te toque la dependienta más neanderthal de toda la franquicia de Laboratorios Julio.

A la vida le encanta ponerte el pie para que tropieces, para que si te da la mano después, la veas como una reverenda santa. Te pone un elemento de vialidad en la esquina de Vallarta y Juan Palomar y Arias, que te sigue hasta la entrada de La Gran Plaza, se baja y te suelta el tonito condescendiente con un “¿Qué pasó señorita? Se dio vuelta en U prohibida”.

Ah, pero luego, la vida te afloja las glándulas lagrimales y nasales, para que le berrees al azulado, y de tanta mucosidad no puedas ni explicarle tu conflicto existencial intrascendente: te quedaste sin coche, rogaste por uno prestado, te levantaste a las 7 de la mañana a terminar tu trabajo que ibas a ir a empastar, pero se manchó de café por tu vuelta policiaca en el estacionamiento; fuiste hasta el centro a tomar fotos, y te atoraste en el tráfico de regreso; ya perdiste una clase importante en la que tenías que entregar un avance de tu trabajo final; te has parado en cuatro centros de impresión sin éxito, y tienes media hora para imprimir 250 fotos, o si no, tu maestro/diva del CUAAD te pondrá tu primer nota reprobatoria en tu carrera universitaria.

Por supuesto que al tránsito le vale una pura y dos con sal tu chistecito. Felipe (se te ocurre que así podría llamarse el individuo de bigote chistoso) de seguro tiene una esposa con el calzón retorcido y un par de niños con sobrepeso a los que tiene que mantener con el sueldo base y mísero de esta administración panista; tiene que pensar en la hipoteca de su casa, la cuenta de la luz, el agua que no llega a su colonia, su compadre Pancho que recibió una bala perdida ayer en el siniestro de López Mateos y Periférico, en el que tres individuos fueron asesinados. Felipe tiene la obligación institucional de pedirte tu tarjeta de circulación (que no traes porque el coche no es tuyo) y tu licencia (que está vencida desde hace tres meses).

Pero Felipe se apanica con tu lagrimeo. Eso, o nomás le das lástima. Felipe te da un sermón paternal de la seguridad vial y la responsabilidad al volante, le da una palmadita a la puerta del coche y se va con su libreta de multas en blanco.

La vida te hizo el paro con un agente de vialidad que estaba en un momento sensible (y que no se animó a pedir mordida para la Navidad de su señora apretada y sus mocosos).

Ándale pues, nomás quería hacerte renegar poquito, dice la muy méndiga. Nomás quería hacértela de emoción un ratito, pa’ que en serio sientas la adrenalina de finales de semestre. Te dejé sin coche, sin fotos y sin calificación en tu clase de Cine Mexicano, pero te puse un tránsito medio corrupto, y hasta pa’ tu favor. Feliz Navidad adelantada, pinche llorona.

sábado, 2 de octubre de 2010

Adióoos, chula

A las ocho de la mañana y a media Plaza de la Liberación del Centro Histórico, un hombre me intercepta con la trillada y bien consabida frase de acoso sexual soft-core: “Adióoooos, chula”, seguido de un, “¿por qué tan seria, mamacita? ¿Amaneciste de malas?”. El hombre, que no puedo describir porque procuré no mirarlo, me siguió cinco pasos. No sé por qué temía más, si por mi castidad o por mi computadora colgando de mi hombro.

Al cruzar la calle para tomar Pino Suárez, un hombre, cuyo brazo se desborda de la ventana de su pick-up, me manda un beso tronador y sonríe con satisfacción al ver que lo ignoro.

Al llegar a Independencia, busco el edificio en el que tengo mi cita… y la puerta está después del Registro Civil, en el cual hay (no miento) cinco hombres con playera golpea-esposas leyendo El Tren, recargados en fila india frente a la banqueta. Admito que la Adris ranchera pensó en cambiarse de banqueta… pero no lo hago. Soy una mujer del siglo XXI, con todo el derecho de pavonearse con la frente en alto frente a gañanes con los pozoles de fuera sin recibir un solo ataque, porque soy lo suficientemente tolerante (y estúpida) para alejarme del prejuicio de su facha.

Respiro hondo y cruzo el corredor de linchamiento… no me chiflan, pero siento sus ojos clavados en el espacio entre escote de mi blusa y mi cara, y cuando logro pasar ilesa, volteo para atrás para confirmar que están investigando si traigo la cajuela cargada (thank you, Fergie, por la metáfora corriente).

Saliendo de mi cita, me digo, ¿por qué no? Vamos festejando este pequeñito triunfo de mi vida profesional con un poco de azúcar. Me instalo en una de las mesas fuera del Café Degollado, y pido un americano y un muffin de nuez. Exquisito. Prendo un cigarro, bebo, chismorreo de la plática de un par de burócratas de la mesa de junto, y observo a las personas que pasan frente a mí. Veo mujeres con tacones demasiado altos, que caminan con torpeza, y hombres que van hacia el otro lado y dan un vistazo hacia atrás para verlas. Mi distanciamiento del prejuicio es medianamente correcto; no por tener facha de albañil eres el único que sabe eso de las miradas lascivas… un hombre de traje hablando por celular casi le da tortícolis por seguir la trayectoria de una secretaria con unos pantalones un tanto entallados para su voluptuosa figura.

Estoy a punto de pedir la cuenta, y un vagabundo que pasaba por ahí se acerca a mi mesa y sin mirarme ni decirme nada, acerca la mano y se lleva dos sobres de azúcar. Es el primer hombre de la mañana que no me da miedo, pero el mesero lo corre con violencia e insultos.

“Te asustó el huey, ¿verdad?” La condescendencia me duele en los oídos al escuchar al mesero, mientras le pago la cuenta. Reconozco esa mirada. Toda la mañana me miraron como pedazo de carne, y ahora este tipo de acento raro me ve con burla.

Me dice que es de Montreal, que él ama el Centro Histórico, que ama todos los centros de las ciudades y que no entiende a esas mujeres tapatías fresas que no les gusta caminar por aquí porque les chiflan o les piden dinero.

“Son inofensivos todos”, me dice, “me gusta eso del mexicano, sus peropos.”

No me molesto en corregirle al francocanadiense éste. No le digo que nadie adora esta puta ciudad jodida como yo, ni que una cosa son piropos, y otra muy distinta el acoso. Hay que llamar a las cosas por su nombre.
Porque nunca va a entender. Ni él, ni muchos hombres, ni incluso miles de mujeres. Que es ignorante y tercermundista decir que son ‘inofensivos’ sólo por el hecho de que se quedan en palabras y miradas. No necesitan tocarme para que yo me sienta invadida. No tienen ningún derecho de mirarme y hablarme así. Ni uno solo. Y el primer error de una mujer es ignorarlo, hacer como que no escucha o como que no ve. El segundo es hacer todo lo contrario; hacer una seña, gritar un insulto o cualquier otro tipo de provocación puede ser peligroso.

La única opción es hacerle ver la mierda de ser humano que es, tolerando la ofensa de frente. Al menos para quitarle la satisfacción de que ha cumplido el objetivo de intimidarte.

La próxima vez que un imbécil me grite algo en la calle, lo voy a mirar directamente a los ojos.

jueves, 1 de julio de 2010

Tantos siglos, tantos mundos, tantos carros...

¿Cuáles son las probabilidades de encontrarse con un amigo, carro a carro, por menos de dos segundos, en el tráfico de las siete de la tarde de López Mateos?

¿Cuál tuvo que ser su velocidad desde Circunvalación hasta Cruz del Sur en el carril izquierdo, para que yo –entrando de la lateral con un tráfico estratosférico y lleno de mamavans, y habiendo elegido el minuto exacto para incorporarme al carril central– haya pasado justo al lado de su coche?

¿Cuántos coches debí haber dejado pasar para que esto sucediera? ¿Si no hubiera dejado a ese viejito del Stratus gris, habría pasado?

¿O si hubiera cambiado de carril, por la desesperación neandertal y tercermundista de creer que la calle es pista de Formula 1?

¿O si el agente vial del Office Depot, inspirado por su nuevo chaleco azul de fondos desviados y mensaje subliminal partidista, hubiera tenido un arranque de legalidad y me hubiera multado por manejar y utilizar el celular sin manos libres?

¿Fue el microuniverso tapatío, la serendipia y mi elección de quedarme unos minutitos más en el baño de la redacción, fumarme sólo medio cigarro en el break, tardarme en enviar mi última nota por una llamada desde Chiapas, caminar más lento por el estacionamiento para no romper mis tacones, tomar dos kilómetros más el carril lateral y cederle el paso a regañadientes al viejo del Stratus lo que nos colocó por escasos segundos lado a lado, separadas apenas por las líneas punteadas que indican, según el manual de vialidad, que es permitido rebasar?

¿Fue todo este día cronometrado y diseñado para colocarme justo en ese pedacito de pavimento, a esa temida hora de conductores desesperados y hambrientos?

¿Cuáles son la probabilidades de que la vida –en medio de una nube de smog, relámpagos, claxons desesperados, editores tiránicos con la ortografía, presiones por terminar 100 páginas y frustraciones existenciales– me haya regalado dos segundos de tregua con una cara conocida y sonriente, sosteniendo otro volante en el carril más lento de López Mateos, cinco minutos antes de que cayera un diluvio universal?

viernes, 25 de junio de 2010

Desde las trincheras...

(... o el remedo de de salón de cómputo en el estacionamiento subterráneo de un periódico quesque renombrado)

Porque en tiempos de guerra, cualquier hoyo es trinchera, aquí está Agris P. Parker, reportándose desde un pedazo de oficina por debajo de Mariano Otero. Aunque el aire acondicionado nos obliga a todos los ocupantes a cargar suéter en verano, el clima gélido del cuarto de 8x8m pinta mejor que el diluvio universal. Nos aguantamos el olor a aceite, el hambre y las ganas de fumar, y con paciencia budista redactamos notas futboleras.

Aquí, resguardaditos del mundo real, quince humanos hechos un revolvedero de nervios comparecemos ante la directora de la sección de Nacional. Los quince comemos y respiramos normas de redacción periodística; hemos hecho del Manual de Estilo de este periódico nuestra lectura de baño, nuestro Corán, nuestro Libro Vaquero, el Padrenuestro de todas las mañanas, el principio y fin de toda nuestra mísera existencia de desempleados peleando por un gafete y estacionamiento techado. Nos brillan los ojitos al ver los escritorios desocupados de allá arriba. Y estamos dispuestos a lo que sea por sentarnos en uno de ellos; lo que SEA. Usar tacones y corbata, leer en la sección de socials cómo las “socialités” tapatiosas disfrutan del fútbol con su Coca de dieta y sus playeras originales, someternos a exámenes de siglas como Canirac, Condusef, y saber quién diablos es el presidente de la AMIA, más recibir día tras día anotaciones en tinta roja en nuestros textos... y en nuestras almas.

Llueve. Para variar, llueve. Hay gente hecha sopa, seis metros más arriba de nosotros, corriendo con sus paraguas rotos. Peatones desamparados, conductores atorados en baches e inundaciones, con la frustración del tiempo perdido, el hambre, la puta soledad, los achaques, el tedio, los descuartizados en Tlajomulco, los corazones rotos disfrazados de caras largas, el granizo en el parabrisas...

...y yo sueño. Sueño con un café decente, recién hecho, con canela y sin residuos de la máquina. Sueño con quitarme los tacones y los aretes, y caminar descalza por la casa, viendo llover con mi lista de reproducción titulada “Concha” y mis lecturas superficiales. Sueño con el viaje a Tapalpa que me fue arrebatado por deberes noticiosos del fin de semana, con el atole calientito que no tomaré y las garnachas de la fonda de Doña Ramona que no probaré. Sueño con su empedrado mojado, su olor a tierra, el silencio ocioso de sus calles por las tardes, las trompetas pueblerinas de las noches en la plaza...

En fin, se entiende la idea. Sueño. Mientras escribo por decimosexta vez una nota roja de un tal fulano Pedrozo que fue atropellado, y cada corrección me tritura más lo poco que queda de mi ego.

sábado, 19 de junio de 2010

8 centímetros extra

Todo mundo, desde Mahoma hasta la monja buena onda de La Novicia Rebelde, pasando por Gandhi, Jesus Christ Superstar y Miley Cirus, la usa. Todos. Es la metáfora por ex-ce-len-cia en cualquier libro de superación personal de Sanborns y calendario de Paulo Coelho. En cualquier canción inspiradora con cellos cursis, ahí está: la montaña. Ah, la bendita montaña. El montón de tierra que simboliza la realización de un esfuerzo para alcanzar una meta.

La vida sin baches, cerros y curvas no es nada. La canija a fuerzas debe joderte con alguna irregularidad geológica para que le sudes, porque hay que hacerla de emoción de vez en cuando. De acuerdo con cualquier ideología religiosa, uno no aprende ni se purifica más que a base de cachiporrazos, rodillas sangradas y niveles estratosféricos de altitud; para que, cuando uno alcance la gloria (la cima del Izta, el final del maratón, la superficie de un bache marca Tapatilandia), pueda valorar más el momento por la sencilla razón de que le costó uno y la mitad del otro llegar hasta ahí.

A mí la vida no me puso ninguna montaña qué escalar. Se vio castigadora y, en vez de montonones de piedras y matorrales, colocó frente a mí algo más aterrador: un par de tacones. Y mi reto no sólo consiste en treparme y mantener el equilibrio una vez allá arriba… además debo andar por la calle encima de ellos.

Tal vez quien lea esto pensará que estoy exagerando. Quien lea esto de seguro no me ha visto caminar en ellos. Soy una desgracia parada en ocho centímetros extra.

Circunstancias profesionales me han llevado a tener que enfrentarme con el demonio que había evitado exitosamente por once años. Once años en los que me burlé de al menos una de tantas prácticas de tortura que se integran al paradigma occidental de lo que es la feminidad. Porque hay que admitirlo: ser mujer duele, literalmente.

Tenemos que arrancar al menos el 80 porciento del vello que cubre nuestro cuerpo cada semana, comer menos de 2,500 calorías (ya sea con prácticas tan sanas como el ejercicio o tan viles como provocarse el vómito), usar brasier con varilla, entrar en las tallas reducidas, reprimir el deseo sexual frente a la sociedad, cargar una maldita bolsa, desmadrar todo, TODO el cuerpo en el embarazo, echarse plastas de maquillaje, gastar en maquillaje, tener menos habilidad psicomotriz y cargar con el estigma de ser malas conductoras, el asqueroso síndrome premenstrual, la menstruación, la menopausia, el cáncer de mama, el cáncer cérvico-uterino, las infecciones vaginales, tener que sentarse para ir al baño, usar acondicionador, ser un blanco más fácil para los asaltos con arma blanca y las violaciones, padecer celulitis y estrías, la orzuela, los cólicos, las quemaduras de segundo grado por usar la plancha, la secadora, el comal y las ollas exprés, tener que ser el mercado meta de la industria hollywoodense de adaptaciones de novelas de Nicholas Sparks , padecer y encarnar los clichés y paradigmas de la sociedad machista latinoamericana, tener que aprender a cocinar y soportar los cursos de etiqueta, ser culpada del acoso sexual por “provocar” a los hombres con la vestimenta, formar parte de los grupos sociales segregados por el simple hecho de tener una vagina…

Creo que me doy a entender. De todas éstas y un titipuchal más de razones que no recuerdo ahora, la renuencia a usar tacones era, por un lado, mi pequeña protesta pacífica. No me incendio como monje tibetano… nomás ando con los pies un poquito más cerca de la tierra, y miro hacia arriba a todo mundo como si fuera yo quien los estuviera viendo por debajo del hombro.

Pero no todo se trata de mi complejo de Gandhi y mi terror a los callos. Uno siempre señala lo que en el fondo resiente. Y personas como yo, que estamos condicionadas para apartarnos siempre del común denominador, siempre traemos lastres cargando. No hay criatura más lastimada que una mujer que quiere ser intelectual.

Yo lo sé. Mi eterno pataleo con el mundo se resume en que me he pasado la vida compensando por algo que nunca he tenido.

La verdad es que siempre me he sentido en desventaja. La verdad es que me siento hecha a la mitad por nunca dominar las frivolidades elementales de ser mujer. Cuando era tiempo de aprender, me burlé de todas ellas; no quise escuchar, o no supe cómo. Y cuando por fin tuve la humildad de pedir ayuda, me encontré sola y en el matadero. Por eso me he pasado los últimos cuatro años poniéndome al corriente, a tropezones y metidas de pata, de todo el tiempo que me perdí del girl camp de la vida. Y no es nada fácil. Tengo casi 23 años y aún no sé cómo pintarme las uñas. Dejando de lado que es bastante chistoso, eso tiene un trasfondo histórico, social y, sobre todo, emocional.

A esta intelectualoide, amante de las chanclas y Juan Villoro, enemiga acérrima de Soy Totalmente Palacio y el ridículo remedo de jet-set tapatío le ha tocado la hora de madurar de la manera más inesperada; dejando de compensar con la cabeza lo que cree que el resto de su cuerpo no puede hacer por ella.

La vida es una perra maldita. Y muy lista. Me presentó un reto más difícil de lo que esperaba. No sólo me está haciendo que exprima mis neuronas treinta y cinco horas a la semana, enfrentándome con la obligación de convencer a mis evaluadores, de la manera más hábil y elegante que pueda, que soy una persona inteligente, reflexiva, culta, capaz, comprometida, letrada, elocuente…

Me está exigiendo que lo demuestre parada en un par de tacones.

Y la muy puta sacó todo su arsenal; se ríe de mí mientras me ve llorar dentro de un probador de mujeres, porque tengo un promedio universitario de 9.4 y leo más de diez libros al año, pero no tengo ni la más mínima idea de cómo se acomoda un pantalón plisado con una blusa de holanes cursis. Soy señalada por ufanarme de haber leído a Saramago (RIP) y no conocer una sola canción de Chava Flores. Me obligan a leer la sección de sociales de la misma manera en la que me exigen que reconozca a todo el gabinete presidencial. Y tengo que ver el Mundial. Oh, Dios.

Es una lección de vida. Creo. La hora de crecer y dejarse de tonterías esnobistas. Estoy trepando mi montaña esa, y me queda mucho. Porque, con todo y las connotaciones de elegancia que les son adjudicados, más toda la preparación profesional que se supone que debería de tener, nunca me he sentido más vulnerable que arriba de unos tacones.

sábado, 15 de mayo de 2010

'Amaos los unos a los otros' y demás tonterías

No me considero una persona muy comprometida socialmente con mis semejantes. El vulgo judeocristiano lo llama egoísmo; yo le llamo no esforzarse en vano. Soy incapaz de conectarme con otro ser humano de esa manera porque, siendo incómodamente honesta, yo no le tengo un gramo de fe a mi especie.

Aunque me la paso despotricando contra un chingamadral de cosas ante la menor provocación, me encabrona de sobremanera que me llamen pesimista. No lo soy. De veras. Aunque tampoco soy la morra con pompones gritándole hurras rimadas a todo mundo. Me gusta considerarme a mí misma como un buen punto medio: un ser humano que acepta la ambivalencia de su especie, y la vive. Y a veces la sobrelleva. Mi compromiso social (de los pocos que tengo y defiendo) es el de intentar, en la medida de lo posible, ser un mejor representante de mi especie. Por nadie más que por mí y la gente que he elegido dejar entrar a mi corazoncito burbujezco.

El otro día creí tener una de esas epifanías de comercial de Coca-Cola. Iba yo muy, muy molesta por las trivialidades inconsecuentes que afectan mi frágil temperamento; tráfico, incompetencia humana, déficit de sueño, PMS, y para colmo, camino al mercado en hora pico de señoras con lista kilométrica. El calor estaba como para hundirse en una alberca de hielos (frase robada de la güera), la gente apendejada al volante, las colas inmensas, mi blusa empapada y mi odio por los tumultos a todo vapor.

Llegué al susodicho puesto de frutas y verduras que mi madre me había descrito con femenina precisión (“la señora gordita que lo atiende siempre tiene un mandil color mamey… ”), odiando cada segundo que compartía aire con el resto de las señoras pachorrudas, arrastrando sus carritos, tardando HORAS en decidir si se llevan un puto melón o no, si quieren su carne en corte transversal o mariposa, “A ver Don Manuel, ¿de veras me asegura que están saliendo buenos los tomates?” y todo ese tipo de comportamiento cagante de su especie.

Había cola en el puesto. La señora delante de mí, vestida con pants afelpaditos, lentes de mosca y tinte güero Miss Clairol deslavado, tardó horrores en hacer su pedido, vacilando entre los mangos, devolviendo frutas que consideraba pasadas, exigiendo los brócolis sin hojas… cinco minutos en los que yo me dediqué a pisotearla mentalmente. Ella insistía en que quería una sandía completa, pero, por una razón que en el momento no escuché, le dieron media. Por fin la criatura despreciable se hizo a un lado y pude empezar mi pedido que consistía en una mísera sandía.

“¿Me da una sandía, por favor?”
“Uuuuy, patroncita, fíjese que la señora se acaba de llevar lo último que nos quedaba.”

No me dio ni tiempo de enfurecer internamente, de maldecir a mi madre, guardada en su casa, que me había enviado a ese infierno de diablos con tubos y uñas de acrílico para nada, ni al ejemplarcito afelpado de mi izquierda con mi sandía… la señora volteó con el ayudante de la doña del puesto y le pidió que partieran su media sandía…

Para darme a mí un cuarto.

Un acto insólito de bondad en un campo de guerra de mamavans. De repente quise ser católica y creer en esas parábolas locas del buen samaritano, pon la otra mejilla y demás chaquetas espirituales. Si pudiera haberla abrazado lo habría hecho, pero mi política de espacio vital con extraños fue más imperante. Tenía ganas de llorar. Salí del mercado con mi cuarto de sandía abrazado como si fuera recién nacidito; la prueba fehaciente de que en esta mierda de mundo y peste de ciudad aún quedan buenas personas y amabilidad entre extraños.

¿Y qué sucede cuando salgo sonriendo de aquel lugar? Mi coche está encajonado por un estúpido que, encima, dejó su coche obstruyendo una rampa de discapacitados; me asalta un viene-viene que me cobra una barbaridad por agitar su trapito y regentear un pedazo de asfalto que NO ES DE ÉL; hay otro perro atropellado en Lopez Mateos; un tránsito me echa las altas a medio día para rebasarme a más de 80 y sin sirena prendida. Llego a mi casa, y en vez de que mi madre me agradezca por haberle hecho el favor de darme la vueltota mientras ella reposaba plácidamente en el sofá, se da cuenta que le hizo falta pedirme otras cosas y me manda al súper…

Y la sandía estaba echada a perder.

miércoles, 5 de mayo de 2010

Y hoy: fuck you, cambio climático.

La gripa es la enfermedad más inútil de todas las que existen.

No tiene nada de poético. Nada de explotable y chantajeable. No es un cáncer, madre y señora de todas las tramas de una película pitera, adaptada de una novela (aún más) pitera de Nicholas Sparks. No hay nadie al pie de mi cama, llorando, tomándome de la mano y declarándome su amor eterno entre mocos y cables de suero. Bueno, mocos los hay, pero son los pegados en mis Kleenex… que son lo único que me rodea en este momento.

No tiene nada de funcional. No puedo cancelar mis compromisos por gripa. No es lo suficientemente grave. Nomás cargas con tu kleen-pack a todos lados, y tus pañuelos sucios se desbordan de tus bolsas. Soy paria de la sociedad; si estornudo, el cristiano de al lado me ve feo y se retira treinta centímetros más. Ah, pero no es una varicela, en la que también te aíslan, pero al menos te pobretean. Nadie siente pena por una gripita.

La gripa es socialista. A TODOS des da. No tiene ninguna novedad. No puedes traerla a colación en alguna de esas pláticas morbosas… ‘a mí me dio hepatitis B… ‘yo estuve en el hospital tres días por tifoidea’… ‘Yo no me paré del baño en dos horas’ (“oooh”coral)… ‘Yo tuve gripa un mes entero’…

No. No impresiona.

Ni porque se te cae la nariz, se te desorbitan los ojos de la hinchazón y el fluido nasal es im-pa-ra-ble. Ni porque puedes pasar un día entero sin respirar por la nariz. Ni porque toda la comida te sabe a medicina caducada en el 2002. No; puedes estar apachurrada en tu cama, sola y atufada como chayote, llorando porque a tus ojos así, de la nada, se les ocurrió gotear, cansados de hacerlo por otras vías, con la cara color amarillo pollo y los ánimos grises, grises, grises…

Y nadie se inmuta.

La gripa le quita a uno todo el glamour. No tiene esa aura de misterio, pánico y simpatía, como el cólico. Oh, los hombres se aterran con esa palabrita trisílaba. ‘Es que me muero del cólico’… No, mija, ahí guardadita en tu casa, con tus compresas calientes y tu ibuprofeno, estás bien; ni se te ocurra salir. No, con la gripa no es así. Nadie se alarma: son sólo mocos y una voz de Pitufo madreado, en lo más mínimo sugerente. Y a darle con la vida normal, con el ajetreo por la ciudad a 30 grados centígrados y sin aire acondicionado, que, como diría mi madre, ‘de una gripita estacional nadie se ha muerto’.

No, pero de a poquito sí se va deshaciendo una. Eso de que nomás cambie el clima y una empiece a estornudar, a la larga, me va a dejar más madreada que todos esos padecimientos mediatizados en la industria del cine rosa.

Maldito seas, oh, cambio climático.

viernes, 2 de abril de 2010

Adris goes to Chilangoland


El DF es una civilización folclórica y caótica de pinchimil habitantes en sus pinchimil calles, sus pinchimil coches y pinchimil estaciones de metro. Eso dice ésta su servilleta provinciana, tapatía recalcitrante y enoclofóbica. La Ciudad de México me asusta. Ya lo había dicho Fadanelli, la ciudad es un monstruo listo para devorarte.

Opiniones de mis acompañantes en esta travesía cultural me dicen que probablemente mi percepción de la urbe haya sido alterada por cuestiones fisiológicas y cíclicas (el SPM me mata), pero creo que mis hormonas me hicieron tener los ojos más abiertos; las situaciones cotidianas eran una puesta en escena de la idiosincrasia, orquestada sólo para mí.

Enfrenté al monstruo a lo macho: sin ibuprofeno, con Converse viejos y botellas de agua que me eran confiscadas al entrar a los museos. Tragué smog y salí del metro con sudor que sé que no era del todo mío. Comí dos veces al día para salvaguardar nuestro presupuesto y con humildad salía de los lugares cerrados para fumar. Soporté con dignidad silenciosa que me hicieran tirar mi chicle y dejar mi bolsa antes de entrar a los museos, que los elementos de seguridad de las salas me pisaran los talones cuadro por cuadro, como si fuera Aaron Barschack con mi bote de pintura listo, que me negaran mapas porque “se habían terminado” sus fotocopias en formato Word… hasta pagué los míseros diez pesos para que me permitieran sacar mi camarita cutre y tomara fotos piteras sin flash.

La polución sonora en la ciudad es demasiada. Los taxistas tienen un claxon especial, que suena como musiquita; los conductores les pitan con furia a los camiones que están haciendo parada, la gente grita y menta madres si el semáforo se pone en siga y el de adelante tarda un segundo en reaccionar; en cada parada del metro se sube un individuo con una mochila con bocinas para vender discos piratas a diez pesos (Led Zeppelin en la estación Salto del Agua… oh, las sorpresas de la vida)… ansiaba llegar al cuarto de hostal para tener un momento de paz y silencio, pero la bodega de enfrente tuvo fiestas de electrónica las dos noches.

El surrealismo en el DF está a la orden del día. Nos tocaron DOS taxistas que no sabían llegar a La Condesa. Desayunamos en el segundo piso de la Casa de los Azulejos, y el pobre edificio está tan hundido e inclinado, que mi taza de café estaba a dos de derramarse. Uno de mis acompañantes casi se agarra a madrazos con un oficinista del Antiguo Colegio de San Ildefonso porque éste alegaba que no existía la burocracia en la UNAM. Había militares haciéndola de niñeras de turistas en el Palacio Nacional. En la esquina de La Alameda, una policía platicaba amenamente con una vendedora de dvd’s piratas. No hay línea de metro para llegar a la Esquina de la Información de la zona financiera (cierto, los ejecutivos no viajan en metro). Las únicas personas amables con las que nos topamos eran los choferes de camiones y los porteros de los strip joints en la esquina del hostal. Para celebrar La Hora del Planeta, el Ángel de la Independencia iba a apagarse a las 8:30 de la noche… mientras, a sus pies, dos plantas de luz habían sido contratadas para un concierto alusivo al festejo en el Paseo de la Reforma. Por sólo treinta pesos, podías pagar una limpia azteca en el Zócalo… o tres strippers de juguete que movían el trasero si girabas el tubito.

El fin original de mi viaje era realizar una investigación para mi proyecto sobre el Bicentenario de la Independencia de México. Tengo mi cuadernito negro atascado de fichas, nombres de pinturas, anotaciones de los museos, panfletos y panfletos del Gobierno Federal… y no puedo escribir nada que no sean todas las tonterías tan maravillosas y atemorizantes que vi en las esquinas. Debería de estar escribiendo sobre las deficiencias de amabilidad en los museos, la carencia de traducciones de sus fichas históricas, la falta de mapas e innovación en sus salas, mis descubrimientos del arte virreinal y los artistas plásticos del naciente siglo XX que son excelentes y nadie menciona por anteponer a Rivera, Orozco y Kahlo… pero sólo puedo pensar en la musiquita que sale de los claxons, la voz de la señora del Vips predicando el amor de Dios en la mesa de al lado, el olor a coladera y la sensación vertiginosa de estar sentada en un edificio ladeado.

lunes, 8 de febrero de 2010

¿Misoginia en el Super Bowl? ¿Pero coooomo se te ocurre?

No, no acostumbro ver el Super Bowl. De vez en cuando se me atraviesa el medio tiempo, pero desde que Janet Jackson usa bra nada ha sido lo mismo en la televisión norteamericana.

Sí. Probablemente mi existencia en este mundo alimente el cliché de que las mujeres no apreciamos la belleza de los deportes de contacto físico. No entiendo nada de futbol americano; no voy por la vida fanfarroneando al respecto, me avergüenza un poco no saber por qué esos güeyes corren tantas yardas… pero no, no me quita el sueño averiguarlo. Que un montón de machos con hombreras se amontonen por un balón ovalado en prime time y ante los ojos del resto del mundo no afecta mi existencia.

El Super Bowl es el programa con más rating EN EL MUNDO. Por ello, los anuncios transmitidos en el tiempo aire del partido se elevan a cifras poco cristianas: 2.5 millones de dólares mínimo por 30 segundos de transmisión.

Uno creería que semejante cantidad obscena de dinero se usa inteligentemente. Que las mejores mentes creativas pasaron meses y meses a puerta cerrada, fraguando la mejor manera de contar una historia original en el tiempo especificado.

Pero, señoras y señores (drumroll…): ¿TREINTA SEGUNDOS DEDICADOS A EXPONER LA ESTUPIDEZ HUMANA MASCULINA?

Los spots de este año se distinguieron por exponer a la mujer como un objeto (indeseable en algunos casos) y estereotipar al amante de los deportes como un insensible y superficial. No digo que toooodos los fanáticos sean un montoncito de sentimientos, pero no son ni estúpidos ni creo que se sientan privados de su masculinidad por dejar grabando el partido e ir con la novia a comprar calzones kinkys.

Pero, al parecer, según los cánones publicitarios del vecino del norte, el hombre sólo necesita cerveza LIGHT, coches rápidos y chocolates para funcionar.

Ejemplo 1: Dodge Charger
Dodge Charger. Because women can go fuck themselves – Shauna Thomas.
La Revolución masculina se ha desatado, cuidaos, oh, viejas enfadosas que subyugan al cromosoma Y. El pobre hombre sumiso se ha levantado para declarar: “Sí, mi vida. Bajaré la taza del excusado, limpiaré los pelos del lavabo y te cargaré la pañalera… al fin y al cabo tengo mi coche mojado en testosterona para justificar mi hombría.”



Ejemplo 2: Snickers
Ok. Admito que éste me hizo reír. Betty White diciendo, “That’s not what your girlfriend said last night!” vale el haber perdido 30 segundos de mi vida en esto.




Ejemplo 3: Bud Light
Voy a sonar de lo más purista, snob y feministoide. Pero, ¿cómo diablos el pendejete usa Mujercitas de portavasos? ¿Y los incompetentes que escribieron este guión no pudieron siquiera checar en Wikipedia la sinopsis del libro? Los anuncios de Budweiser siempre me han parecido demasiado previsibles, superficiales y misóginos. Pero éste se voló la pinche barda. ¿En serio a los gringos les causa gracia verse reflejados como ignorantes clichescos que no pueden soportar la presencia de mujeres, a menos que haya cerveza en el panorama?



Ejemplo 3: Flo TV
Ahora resulta que el hecho de que seas tan sumiso como para acompañar a tu novia a comprar lencería cuando está el juego es culpa de ELLA. ¿No te gustan las obligaciones maritales? ¡No tengas novia, estúpido! Quédate a ver el juego con tus compas, llora, grita, celebra y besa tu camiseta del equipo… y no te quejes de tus noches de soledad con la portada de TVyNovelas como única compañía.




Ejemplo 4: Bridgestone
¿En qué momento a los hombres les dio por despreciar a las mujeres bien buenas? Pregúntome yo, ¿Qué clase de abstemio, ñoño, amante de Farmville celebra anuncios como este en el que los idiotas prefieren las llantas a una tipa vestida de cuero?




Ejemplo 5: Dove
Éste es el bueno. Me pongo de pie y me quito el sombrero… hasta los diez últimos segundos, por supuesto. Un anuncio que ejemplifica lo tremendamente difícil que es ser hombre de una manera original.




Ejemplo 6: Dockers
Going commando. La revolución masculina con cancioncita gay de musical.



Ejemplo 7: Motorola.
Sin comentarios.




Ejemplo 8: Focus on the Family/ Pro Vida Región 1
La creatividad publicitaria tiene sus momentos. Una madre habla de la suerte que tuvo al no abortar a su hijo… antes de ser TRACLEADA por él. “Timmy, don’t make me regret it!!!” Hmmm, ¿por qué no les dieron tiempo aire a Planned Parenthood también?



Es todo por hoy. Y recuerda... ¿Quieres conservar a tu hombre? ¡Aléjate de las llantas si no quieres que te boten!

Información adicional de avclub.com y univision.com

domingo, 10 de enero de 2010

Año Nuevo, Negación Nueva

Esta es la parte en la que reciclo la lista de propósitos del año antepasado y me juro y perjuro que esta vez sí voy a dejar de fumar y tomar tanto, hacer ejercicio, comer sanamente, dejar los vicios mentales, las pastillas y acortar la lista de amistades nocivas. Esta es la parte en la que desenvuelvo mi agenda roja y reluciente y me machaco que este año sí voy a ser cumplida, responsable y puntual, que voy a levantarme temprano y hacer ejercicio, reinventarme rascuachemente con un corte de pelo aún más extremo que el anterior y nuevas frases domingueras que ensayaré para tooodas esas citas que planeo tener con fulanos que nunca me van a voltear a ver. Esta es la parte en la que me miro al espejo y me repito el prólogo de un libro de Gaby Vargas: Eres Especial, Eres Hermosa, Vales Mucho, Quiérete, Consiéntete, Cree En Ti Misma, Bla Bla Bla…

Esta es la hoja en blanco.

Adoro las hojas en blanco.

Por eso nunca las lleno. Por eso nunca hago lo que me propongo. Para no arruinar el blanco.

Porque a quién quiero engañar. Detesto a la Vargas. Me encanta perder el tiempo en no hacer nada, en fantasear y vivir en mi cabeza. Soy una personita de lo más insegura. Le tengo pánico a TODO. Soy un manojo de nervios y un bote de inseguridades. Soy una ebrioréxica con diploma en apreciación de vinos de mesa, una desordenada nutricional, una floja que usa pants y tenis sólo para salir a tirar la basura los domingos, soy maniaca, dramática y pesimista. Me encanta fumar, no quiero dejar de fumar y me importa un pito llegar a los treinta con gastritis por empinarme una jarra de café al día. No tengo que hacer el propósito de leerme al menos dos libros al año como el resto de la gente; escóndame los libros si quieren que haga algo productivo. Odio planear, no sirvo para cocinar ni un fideo y a los dos días que intenté arreglar mi(s) cuarto(S), tengo que volver a hacerlo porque hay un cerro de papeles y ropa que me impiden llegar al otro lado. No quiero recrearme una nueva personalidad; soy demasiado mala para las relaciones sociales, le tengo miedo a la gente, no me gusta y por más que me propongo ser más despreocupada, siempre creo que el de al lado me está observando, esperando a que me tropiece con la banqueta. No, no pienso aprender a usar tacones ni comprarme un despertador más potente… hasta dormida los apago. Me da flojera pensar en una mejor relación familiar, en reír más seguido, en un nuevo guardarropa y círculos sociales más influyentes; no quiero descubrir la clave de la felicidad en los textos de Jorge Bucay y posiciones retorcidas de yoga, no puedo agregarme un hobbie más ni intentar dejar de frustrarme por nunca sentirme tan bonita como mis amigas. No puedo quitarme los tics a estas alturas de mi vida, no puedo proponerme a ser el elementazo y alma de la fiesta ni sacar el glamour, porque no está en mí, no lo tengo.

Soy yo. Soy una bolita de estambre enredada. Puedo llenar un pergamino de propósitos destinados a negar mi naturaleza desparpajada, pero para marzo ya estoy volviendo a mis viejas andadas. Porque el drama es lo mío, por eso nunca puedo hacer, decir o escribir algo que no tenga la acidez que fluye de mi estómago a mis palabras. Ser yo es un vicio.

Tal vez no llene mi página en blanco otra vez.

Pero al menos, creo que siempre sí tengo un propósito.

Quiero dejar de ser adicta a ser yo.
Aunque sea un poquito.

martes, 15 de diciembre de 2009

Mi lista de deseos Navideños

-Que los hombres nunca vuelvan a hacer referencia a nuestro peso en épocas decembrinas, en las que nosotras nos tapamos un ojo mientras mordemos el buñuelo. Y menos mientras hacemos fila para entrar al baño. No importa lo fuertes e intelectuales que parezcamos: hay una bulímica potencial en todas nosotras.

-Que los conductores fueran menos hostiles en estas fechas. Hoy crucé un kilómetro de Av. Guadalupe caminando y todo lo que se escuchaba eran claxons y mentadas de madre de buchonas de uñas con Swarovski en sus Expeditions. ¿Paz y amor, anyone? ¿Qué no su pinche fecha se trata de eso? No nada más de llenar sus cajuelas de Wii’s y Guitar Hero’s para sus hijos malcriados.

-Que le dieran un vale de Burger King y otro de centro de bronceado a la modelo de los espectaculares navideños de Palacio de Hierro.

-Que quiten esos cuernos de reno de sus coches. Señores, ya, por favor, lo toleré el año pasado, dejen su espíritu navideño para la INTIMIDAD de sus hogares, frente a su arbolito de esferas recicladas y su nacimiento Jumbo.

-Que esos nauseabundos traficantes de niños vendedores de chicle al menos les pongan suéteres a los pobres pequeñines. El del cruce de Guadalupe y Niño Obrero hoy no dejaba de toser.

-Que la Cena de Navidad no fuera un último recurso para atar las cuerdas flojas de las familias hostiles y distantes. Que fueran reuniones sencillas, en las que la discusión del plato fuerte no se volviera una batalla campal por rencores guardados.

-Que no pusieran los villancicos de Tatiana en todos los Wal-Marts. Sólo vengo a comprar jamón, no me torturen.

-Que hubiera una isla para mostrar los juguetes en las tiendas como las que había en La Colonial de la Plaza Arboledas. Mi generación extraña un espacio para armar Legos gratis.

-Que hubiera más posadas este año. Hacen falta reuniones para ponerse irresponsablemente alcoholizado por una razón válida.

-Que dejaran de contratar botargas de Santa Claus. La dignidad humana es una línea muy delgada que se cruza con facilidad. ¿Y qué encontramos en el lado oscuro? Un infierno de botargas risueñas y con sobrepeso.

-Que alguien le explique a mi primito que Rodolfo no tiene la nariz roja porque tiene influenza… es porque es especial. Rodolfo es una moraleja alentador para gente como nosotros, pequeñín: ¡a los freaks nos toca liderar el trineo! ¡Llamamos más la atención!

-Que las tiendas departamentales pusieran las baratas ANTES del 26. Montoneros aprovechados. O, al menos, que las familias se organizaran para comprar los regalos hasta ese día, que la crisis no está para comprar regalos a extraños.

-Que pase pronto. Por favor, que se acabe ya este ardid mercadotécnico que se aprovecha de la miseria humana y su necesidad de llenarla con lucecitas y envolturas. Un JO JO JO más y me doy un tiro.

miércoles, 4 de noviembre de 2009

Otoño en Región 4

Para el ocio trasnochado de Lecha
Ah, mi precioso país tercermundista. No me falla. Nada como comenzar la mañana con siete grados centígrados, un desayuno anoréxico de campeones, café frío y las nuevas pendejadas mediáticas. Ferriz de Con masacrando verbalmente al Subsecretario con trampas lingüísticas en el radio; la “clausura simbólica” de las obras del Panamericano (éjele, nos la van a quitar); que El Negro andaba en Lamborghini; una foto en el portal electrónico de Mural que parte el corazón de cualquier ambientalista, de un tipo plantando un arbolito en el camellón de San Ignacio, justo al lado del cadáver de un árbol de más de 30 años que fue tirado y masacrado en pedacitos por las obras del magnánimo puente atirantado de nuestro gobernador incompetente y sus ingenieros/albañiles en traje sastre, llenos de permisos de obra y cortos de planeación urbana.

Y volteo al calendario. Cierto, es noviembre ya. El día de Muertos me pasó de noche (mi casa veta el pan de muerto y mi tía es alérgica al cempasúchil y cualquier otro indicio de esta ‘tradición necrofílica’, à son avis), apenas noto cómo la ciudad se mueve con menos velocidad últimamente. Abro los ojos entre tanta ojera y sucede: son las dos de la tarde y voy con mi pedacero de coche transitando por López Mateos… y no se escucha ningún claxon. Un miércoles pacífico. Un día sin novedades. Ya hacía falta.

Tapatilandia tiene resfriado. La influenza y el dengue están vaciando las aulas de la universidad. Tengo dos sobrevivientes en cada lado de mi escritorio y unos cuantos alegóricos estornudando un impromptu en re menor. En otoño no son hojitas amarillentas sino Kleenex moqueados los que tapizan el suelo. Ah, se respira gripa en el aire. Y estrés, la invención más revolucionaria del postmodernismo capitalista, explotada hasta sus últimas consecuencias en el ITESO. Es contraproducente. Saca la mala persona que uno lleva dentro; cuatro bolas de estrés, déficit de sueño y una lista de gente que uno planea asesinar de la manera más sádica que la imaginación se lo permita. Cuidado, tengo un diccionario enciclopédico Larousse y no dudaré en usarlo.

Lo más emocionante de noviembre son los frentes fríos y el ‘Aniv de la Rev’ que nadie recuerda si no es porque se vuelve fin de semana largo. Este mes es sólo una coma. Un guión y pausa entre el destape de los complejos freudianos y conductistas, de niñas del Country vestidas de putas y enclosetados con faldas y lipstick en fiestas anunciadas hasta el vómito vía Facebook… y la masacre con foquitos de las Navidades: buñuelos, botargas afelpadas y Grinch’s que nos embriagamos de sidra y vino rosado para no llorar a media cena del 24.

Me uno a la tracición gringa y doy gracias en noviembre. Por noviembre. Por este mute en un semestre tan caótico. Puedo soportar la presión de los finales. Venga, venga más carga de trabajo. Prefiero los ensayos kilométricos a la cara desencajada de mi madre frente al árbol navideño y una pendeja más vestida de conejita sangrienta.

domingo, 18 de octubre de 2009

'Tapalpa... Tapalpa on my mind...'

Odio volver. Odio dejar de lado mi olor a tamal de elote y tierra roja por las preocupaciones citadinas de mierda. Odio que cuando se acerca uno a la entrada a Guadalajara, el cerebro vuelve a trabajar de la misma manera acelerada que el resto de los días normales, y por repasar la lista de pendientes a uno le sale la cuarta bola de estrés en la espalda.

Qué difícil es bajar los pies del sillón, cambiar las pantuflas por zapatos y reanudar la esclavitud del maquillaje y el cepillo. Fueron apenas 27 horas con la cabeza en las nubes. Hicieron falta muchas, muchas más.

Odio aterrizar. Odio tener que conectarme de nuevo a mis dependencias cibernéticas y estudiantiles, volver a mirar el reloj y contar las calorías de mi plato. Odio recuperar lo que se olvida con unos cuantos metros más de altitud y un atole de cajeta calientito, con la risa de mis amigos y las enchiladas de Doña Ramona. Odio que, por más que tengo una montaña de cosas que hacer antes de que sea mañana, no puedo pensar en otra cosa que no sean las margaritas que forraban la carretera a Tapalpa.

jueves, 15 de octubre de 2009

Hoy van a llover pelos

El espejo muestra la parte más cruda de uno mismo. Nunca aprendió a mentir –aunque vaya que le ha echado ganitas. Lástima. No caería nada mal una mentira piadosa para darle un empujón al autoestima. Las verdades nunca han sido divertidas, por eso existe la ficción como entretenimiento y reactivador de la economía. No puedo enfrentar al espejo. Al menos no en unos tres o cuatro días.

Israel, mi amado asesorcito de imagen/peluquero/drama queen, se viene de la emoción trasquilando mi cabeza. “Tienes buen cráneo,” me ha dicho con la seguridad que le da su certificado de Escuela de Belleza, “y este corte va a hacer que te luzcan más los ojos.”
Admito que su cumplido bizarro y su predicción à propos de mi cara me desmotiva. ¿Realmente quiero que toda la atención se reduzca a mis pobres ojos cutres… que son la única parte de mi cuerpo que nunca he sabido controlar?

Es demasiado tarde. Las tijeras preferidas de Israel ya están haciendo lo suyo, ensuciando el piso con mis mechones desprotegidos y muertos. Me miro de frente al espejo. ¿Qué pitos estás haciendo? No lo sé, pero siento más adrenalina viendo cómo masacran mi melena que en una pinche montaña rusa traqueteada de Selva Mágica. Y más cuando escucho el zumbido de la maquinita de rape a dos centímetros de mi oído izquierdo. Me cuestiono internamente la posibilidad estúpida de pedirle que me rape de una vez, a ver qué se siente. Me convenzo de lo contrario. No creo que mi cráneo sea tan bonito.

La mejor parte es salir de la estética y cargar con la paranoia infantil de que todo el mundo me está viendo, mientras pago el estacionamiento en la máquina. Todo mundo ve mi corte de niño emo. Y todo mundo ve mis ojos. Mis ojos. Mis ojos que siempre me están delatando de todo, los muy traicioneros. Me siento desnuda, expuesta, violada, auxilio. Y siento frío en la parte de atrás de mi cabeza.

“Pues... está muy lindo. Vas a tener que usar vestidos más seguido…” dice mi madre, después de analizarme, con una sonrisa que choca con la acidez de sus palabras. “¿Tenías una manda?” se burló mi papá. “¿Por qué lo hiciste?”

¿Por qué lo hice? Hmmm… ¿por qué lo hice?

Mi mente en chinga (gracias a su mayor oxigenación) se va a un artículo que leí una vez en el Daily News:

“If you cut your hair you might be making a statement that says, ‘I don’t want to be seen as a sex object’ ”. – Sex therapist Dr. Aline Zolbrod.

“The three physical things that attract a man are a great body, beautiful long hair or great lips. So cutting off one third of your beacons of attraction doesn’t increase your chances of having Mr. Right approach you. It’s like sending a nonverbal message that you’re not interested in sex.” - Matt Titus, dating guru and author of “Why Hasn’t He Called?”

En la madre. ¿Qué hice? Ahora resulta que estoy pregonando que tengo tendencias feministoides y no quiero coger. ¿Qué, al mamerto de Mr. Right no le laten las pelonas?

“Men are usually more sexually attracted to women with longer hair. They need to have something to grab onto” – The Ugly Truth, chick-flick 2009

Anda. Mi nalguita ya no va a tener de dónde apalancarse. Me va a botar por una güera desabrida, pero con extensiones de tres metros y bubis más grandes, de paso. O al menos, alguien que no parezca niño en su pubertad.

“¿Por qué lo hiciste?”

Por huevuda. Por babosa. Por valiente. Porque estaba aburrida. Porque, a falta de montañas rusas y vida emocionante, la silla del peluquero se vuelve la mejor sublimación de mi frustración a la rutina.

viernes, 2 de octubre de 2009

Nada y un latido

Es extraño caer en cuenta que tres años de lágrimas fueron drenados en tres meses. Es un insulto, una ofensa a la inversión de tragedias de este corazón; estas cuatro partes fracturadas que latieron y se separaron un poco más al verte. Pero fue eso nada más. Un sólo latido. Aislado. Desnudo. Un derrumbe en un segundo. Crack. Pum. Splash.

Y ya.

Es obsceno que no quede ni eco ni mancha ni lastre. Que ya seas una caja de souvenirs archivada y olvidada, cuando alguna vez, por tu culpa, hubo noches que sentí que no vería terminar. Que te mire y un mísero latido sea todo lo que quede de mi saco de desatinos por ti, cuando antes solía ser un terremoto mundial. Es insultante que ya no sienta NADA.

Nada.
Tú.
Tú y la nada.
Esas palabras no iban en la misma oración. Tú eras todo, eras el inicio y el desenlace en doscientas entregas. Tú eras la mitad de mi vida y yo era un cuarto de tu corazón. Y los dos, en ese lastre de sobras y miserias, éramos un desastre a plazos.

Y nada. Hoy eres nada; y lo digo, lo repito, lo grito en todos los idiomas posibles y hasta se me llena la boca al pronunciarlo. Nada. Tu nombre es una palabra extraña, tu cara es un manchón en la mente. No sé cómo suena tu voz y no me interesa lo que tiene que decir. ¿Qué no lo ves? Ya no espero nada. Ya no te espero. Ya no quiero nada. Ya no te quiero.

Qué bien se siente estar vacía.

domingo, 20 de septiembre de 2009

:)

Hoy no hay quejas. Bueno, sí las había, pero el maravilloso poder del apendejamiento sentimentaloide ha subyugado mi mala costumbre de ningunearme.

Ya no me importa nada. Nada. Hoy sonrío como imbécil y no me molesto por escondérselo a nadie. Hoy vuelvo a dejar esa canción en mi iPod que hace unos días nada más escuchaba comenzar y me apachurraba el ánimo y las glándulas lagrimales. Hoy me doy un peinón exprés, me enfundo en mi vestido y salgo, porque este día es el mejor que pudo haber sido y vale la pena ir a disfrutarlo. Y, al mismo tiempo, me frustro por saber que allá afuera no va a estar lo que en verdad quiero encontrar.

Qué ironía. El poder de una llamada. El maldito poder de una voz con palabras tan sencillas, que querían decir más que lo que el saldo del celular lo permitieron. Libros. Si serás tonta. ¿Cómo te pones a hablar de libros con alguien que está a pinchimil kilómetros? ¿Porqué esos 10 minutos, esos 10 brevísimos minutos no los invertiste en decir cosas más inteligentes y espontáneas y sinceras y cariñosas y chistosas y elocuentes y…?

Hoy es el peor cumpleaños. Hoy es el mejor cumpleaños. Felices 22. Ya deja de quejarte. Sonríe. Y deja de abrazar el celular.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

El wey de allá arriba que dizque todo lo ve quiso verme hacer otra tontería

Para Chemo, “que se dio cuenta.”

Mentira vil sucia y podrida. Uno no ve su vida pasar frente a sus ojos. Uno, al escuchar los cristales y el metal hacerse pedazos, no piensa en la persona que más ama, en los mejores momentos que no volverán, en las cosas que quería lograr y nunca pudo, lo que dejó de decir por cobardía y todo ese listado idiota del nostálgico instatisfecho.

No. Al sentir que su vida podría terminar dentro de los restos del metal automotriz, Uno no grita “¡(ponga aquí el nombre), te amo!” o cierra los ojos para dedicar los que, uno cree, serán sus últimos pensamientos para al dueño de ese nombre. Uno pierde la elocuencia, las frases puntuales y los momentos heroicos. Uno se aferra a lo que más tenga a la mano (el techo, en este caso) y suspira “no mames, no mames” con voz de nena; uno dedica los que, uno cree, serán sus últimos pensamientos a delirios estúpidos como, “esto sí que me va a costar explicárselo a mi papá,” y “Hmmm… ¿cuáles son las probabilidades de que me rompa el cuello y quede chueca?”

Uno se queda como idiota, sin moverse, cuando la regla es revisar que uno siga entero. Uno siente algo húmedo en la cara y se dice, “claro, el coche rodó por la carretera, a huevo que es sangre y no siento la herida por la adrenalina.” Y espera que la persona asertiva del coche reaccione y obligue al resto a salir del lugar del siniestro. Es cuando la sensibilidad regresa, sólo por los instantes necesarios, para movilizar las piernas y arrastrarse como Dios le dé a entender de regreso a la superficie. Y, ¿qué es lo primero que piensa uno, al verse completo y desolado, en medio de la nada, con café en la cara –no sangre– y el cuerpo como maraca descompuesta? Uno no toma el celular para avisar al seguro y a los padres de lo ocurrido. No voltea sus ojos al cielo y agradece al wey de la nubecita por haberle permitido salir caminando de esta. No escucha al paramédico, al oficial y al bombero que creyó haber visto ahí perdido. Mucho menos toma la mano de los otros sobrevivientes y se entrega a un momento silencioso e íntimo de solidaridad.

No. Claro que no. Uno se ríe, se ríe y llora a la vez como magdalena porque no sabe coordinar ambos sentimientos. Llora, ríe y pide un cigarro.

martes, 15 de septiembre de 2009

Guadalajara, hueles bache y tierra mojada

No ha dejado de llover en tres días. La Madre Naturaleza tiene un humor de la chingada; primero con sequías todo el verano, y justo en septiembre ahoga calles y camellones. Y ni se diga de los baches tapatíos. No son hoyos... estas cosas son yacimientos petroleros. Me he salvado de choques porque el wey de allá arriba que dizque todo lo ve ha de estar aburrido de verme hacer tanta tontería.


Ayer que venía manejando por nuestra maravillosa y excelentemente parchada avenida López Mateos, a la altura de Plaza del Sol, recordé por qué soy una tapatía recalcitrante. Eran las nueve de la noche y venía a vuelta de rueda –el tráfico ya no tiene horario fijo cuando de lluvia se trata–, peleándome con mi iPod que siempre decide tomar siesta en los momentos menos oportunos. Por tercera vez que quedé en el mismo semáforo; estaba furiosa, hambrienta, cansada y con prisa, mi estado natural en horas pico. En eso, uno de mis parabrisas se atoró a la mitad de su trayectoria con una hoja de árbol. Bajé el vidrio para arreglar el desperfecto, maldiciendo a la pobre basurita color marrón… pero apenas bajé el vidrio, cuando el olor a calle y lluvia penetró mis fosas nasales y viajó en milésimas de segundo a mi cerebro.


Eso es lo que me hace sentirme tan jalisquilla. El olor a tierra mojada. No la torta ahogada y el Tequila Express, los jarritos despostillados o los mariachis mal uniformados en los restaurantes para turistas de Tlaquepaque… no, nada de eso. Me hace jalisquilla el hecho de que nadie más que mi gente y esta melómana podemos captar la belleza, la exquisita delicia del olor de nuestras calles ensopadas y llenas de smog. Nadie puede entender como nosotros el placer que significa llenar nuestros pulmones de ese aroma, que es precisamente el causante de todos nuestros accidentes y catástrofes viales.


Mi minúsculo momento en el nirvana tapatío fue interrumpido por una mamá-van que venía en sentido contrario, que muy descortésmente aceleró con más enjundia de la necesaria y me mojó. Aunque, ¿quién va por López Mateos con los vidrios abajo con semejante tormenta?
Sonreí el resto del camino a mi casa –45 largos minutos en un tramo de menos de 15 en horas normales. Se me olvidó el hambre y el estrés. Se me olvidó que en mi radio se oía pura estática mezclada con la música cumbianchera del coche de atrás. Sonreí empapada, con el vidrio abajo y mi pedacito de naturaleza atravesado en el parabrisas. Sonreí con mi olor favorito pegado en la nariz. Porque esta ciudad es un caos de concreto malhecho, parchado y gris. Es la ciudad de la desolación mojada, un río rápido de aguas negras en el que nadamos cerca de seis millones de almas perdidas. Y la amo, de veras, cómo la amo.

domingo, 13 de septiembre de 2009

De por qué la precaución no tiene final feliz

Soy la princesa de los cuentos enlatados. Los otros. Los rechazados por el editor en turno, que le pareció más mediático eso de los cliffhangers y finales felices parchados. Nadie busca los cuentos realistas; aburridos, los llaman. Como la cenicienta que nunca tiró el tacón porque fue excesivamente precavida y recordó anudar bien la tira; ergo, nunca hubo evidencia pa’ buscarla, el príncipe inútil –como la mayoría de los hombres reales– eventualmente lo dejó como una borrachera más y se buscó una de su clase, o que al menos le soltara un calcetín por error. O la Bella Durmiente que fue obediente e “inteligente”, por lo que nunca se acercó a tocar un uso; murió antes de que, a los 100 años después, legara el príncipe valiente y menor que ella por al menos 80 años, que supuestamente iba a despertarla de su sueño. O la Bella realista que dejó que la Bestia muriera sin confesarle que lo amaba, porque, vamos siendo honestos… tener una relación con un hombre que se parece más a tu mascota no lleva a nada bueno, sin mencionar que es antihigiénico –aunque cada quien sus fetiches. Y ni hablemos de Blanca Nieves… no le pareció propio de una señorita decente quedarse a dormir con siete hombres maduros, enanos y solteros (perfecta mezcla de da como resultado dosis indecentes de calentura insatisfecha), se siguió de largo, y se la tragó el bosque. La bruja siguió tranquila con sus planes malévolos de echarse al príncipe.

La precaución no es romántica. La columna vertebral de cualquier premisa cursi es la torpeza humana. No hay espacio en las grandes historias para nosotras, las prevenidas. Las buenas de corazón que no somos estúpidas, las que nos dejamos llevar por el sentido común y podemos cargar nuestros propios libros a la escuela. Las que no caemos en charcos y buscamos los caminos iluminados. Nunca nos tropezamos con nadie en la calle, mantenemos nuestros trabajos y buenas amistades; nuestra fuente de adrenalina consiste en nimiedades, retos minúsculos que no representan una buena sotryline para la siguiente gran historia de amor desenfrenada, pasional y generadora de millones de dólares en el precio actual por la devaluación.

Soy la princesa de los cuentos feministoides que quedaron en el bote de basura. La que no le hizo caso a su madre de que se fuera bien vestida hasta para ir al Oxxo, y el amor de su vida no se fijó en ella cuando estaba en el pasillo de los enlatados. La que no pidió ayuda para alcanzar la caja de cereal del estante arriba, o se negó a darse el tiempo de conocer al tipo incompetente que la sacaba de quicio, por lo que, de acuerdo a uno de los cánones de la madre del chick-lit (Doña Austen), nunca pudo descubrir que detrás de su façade de pendejo arrogante, se escondía el pendejo sensible por el que todas nos peleamos. Soy la princesa de la salida fácil y práctica, no hay espacio para mí en el top ten de los finales felices. No tendré una persecución intensa por la lluvia que prosiga con una declaración enlistada de mis sentimientos y tenga como desenlace un beso hollywoodense, porque odio correr y siempre traigo paraguas… y qué estupidez eso de tropezarse con las palabras tardías. Las cosas se hacen en su momento porque la improvisación es de desordenados... ¿Dar un beso en público? ¿Qué, qué?

Soy la princesa que nunca pudo estrenar su vestido, ni su balcón ni su ensayadísima cara de sorpresa. La princesa que se enfundó en su piyama realista, sin lacitos rosas o encaje picoso, con sus libros y su café. La que se quedó leyendo sobre los tropiezos afortunados de otros, y se pregunta, escéptica y pragmática como bien le enseñó su papá, por qué esos hijos de la fregada tienen tanta suerte si son tan tontos e imprácticos.