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lunes, 8 de agosto de 2011

Cuenta regresiva

Diez, nueve, ocho.
Diez días muertos y nueve noches en vela, con ochocientos centímetros de estambre verde, dos agujas, un cuarto de luna mordida, y tres tazas a medio tomar.


Ocho, siete... seis y medio.
Ocho kilómetros multiplicados por dos: la distancia de mi cama a la pista de aterrizaje que te traerá de vuelta, con siete dedos más de longitud de cabello, unos cuantos kilos menos y tres veces la sonrisa más amplia.



Seis, cinco y tres cuartos.
Seis cuentos restantes en mi libro de Keret, que llevo cinco meses leyendo.
Un cuarto lleno de ropa tirada que me niego a levantar; un cuarto de pastilla, un tercio del reloj para que den las 12 y se acabe un día más, para volverse un día menos que me queda por esperarte.



Cuatro.
Los días que te restan para venir a abrazarme.


Tres.
Los animales nuevos que tengo para tu colección de zoológico en papel.


Dos.
Las palabras que extraño decirte al oído, en la oscuridad del coche, con medio pie afuera y dos tercios de mi cuerpo aferrado al asiento.

Uno.

sábado, 29 de enero de 2011

Disculpe usté la tardanza

Con todo lo que he escrito en estos últimos dos meses (lo cual, a menos que sean lectores ávidos de los vistazos de Primera Fila, seguramente no han visto), es increíble que me sienta tan desprotegida ante esta página en blanco y su cursor intermitente. Viene y va, viene y va. Cada vez que reaparece en la primera línea vacía me dice, a ver, pendeja, escribe algo ya o ciérrame de una vez.

Tengo la cabeza llena de anécdotas intrascendentes, de esas que me encanta venir aquí a poner en la mesa. Porque, a falta de experiencias excitantes, tengo vivencias trepidantes y esclarecedoras en la entrada de los Oxxos, con homelessitos y mamavans.

Al final de cuentas, de ahí saco la sabiduría infinita de la humanidad: de sus peores manías y sus trivialidades en los supermercados. Dios bendiga a todas las señoras fodongas que se cruzan en mi camino, los buchones de Bugambilias, los frezapatistas itesianos y los hipsters con pantalones perturbadoramente entallados.

Estos dos meses he tenido epifanías de la condición humana en lugares tan comunes como éstos, y con ejemplares bípedos tan afortunados como los ya mencionados.

Pero no puedo escribir una sola palabra.

Como que he perdido la facilidad de vomitar quejumbrosidades. Cuando uno cuenta con menos tiempo, se encuentra a sí mismo llenando los escasos minutos de sobra con cosas más productivas que escribir sobre sus desgracias.

Es que es ése mi problema. De momento me he quedado son desgracias qué contar. Y este espacio, muchas de las veces, ha sido mi bote de basura emocional, y de repente no hay nada qué tirar.

¿Me habré arruinado por ser feliz?

Nah. Al final de cuentas, me estoy quejando de ser afortunada y no poder escribir ni una puta palabra.

Porque no estoy acostumbrada a escribir cosas felices. No sé cómo venir a contarles a mis dos lectores y medio de la fascinante experiencia de escribir caracteres por encargo sobre changarros hipsters en la Zona Metropolitana de Tapatilandia. De tener pláticas profundas con RPs de antros, acostumbrarme a tomar infusiones para la panza y llenar el corcho de mi cubículo con pendejaditas coloridas que lo hacen más hogareño. Tengo un montón de confesiones que hacer de mi cursilería de clóset, que está rejega porque la reconozca como legítima hija mía, y la saque a pasear a la calle con la frente en alto.

Adris is back. Tal vez un poquito menos agria. Disculpe las molestias que esto ocasione.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Oooooooh, pinche Navidaaaad...

¡Buenos días, alegría! ¡Buenos días, Tapatilandia querida, embarnecida en más de 100 puntos del IMECA, con papeleras del Centro Histórico sin bolsa, y temperatura calurosa, gracias a la capita natosa de smog!

Buenos días tengan ustedes, pendejos al volante, con sus listas interminables de regalos por compromiso, sus cajuelas rebosantes de canastas de La Playa y Goiti. Buenos días a sus hijos, que lloriquean por un XBox y una Barbie con bubis firmes, mientras exigen que les repitas OTRA VEZ el villancico de Rodolfo. ¿No le han confesado por qué tiene la nariz roja? No es por inhalar dulces...

Buenos días, estacionamientos colapsados de las plazas. Buenos días, semáforos sincronizados de López Mateos frente a Plaza del Sol. Buenos días, carros ridículos con cuernos del año antepasado. Hola qué tal, ñoños con espíritu navideño y la versión ochentena de Blanca Navidad, entonada por Daniela Romo, en sus bocinas. Ojalá se les atore el casette en la grabadora.

Muchos días de estos, estimados dependientes del Starsucks de Santa Rita, que ya se acuerdan de mi cara y me hacen plática mientras yo tamborileo los dedos en señal de desesperación. Buenos días, encargado del estacionamiento, que se compadece de mi falta de gafete y por las mañanas me deja estacionarme adentro.

Saluditos amorosos a mi pobre Minerva, con sus guirnaldas luminosas y su agua verde. Al olor a pan de la calle Prisciliano Sánchez, sus hipsters en bicicleta y sus perros levantando la pata trasera en cada árbol. Abrazos apapachadores al franelero de la calle Tizoc, que me saluda efusivamente desde el camellón, aunque no me limpie el vidrio.

Un beso tronador al chocolate caliente sin azúcar “Hermanas Vivanco”; a los churros La Bombilla que abren el 25 de diciembre, a la quietud que prometen los días de 26 al 31, con la soledad en sus calles y el silencio en sus banquetas.

Un shout out a mi Jefe Diego, que jubiló a la afeitadora y, al parecer, tiene el síndrome de Estocolmo, o es neta rete guadalupano, o de plano trae una estrategia política mamona. Aris, Totelín, my man, mi homie, smooches... Urrea, Viva Las Vegas, ¿cómo sigue tu mujer? Vielmis, tus anuncios del Primer Informe… awesome. UDG S.A. de C.V., ¿cómo va esa cartita al Niño Emiliodios? ¿Más parones, marchas, acarreados con silbatos y días de asueto para sus muchachos? Exmo. Gobernador… ugh, qué asquito, a usté no le digo nada.

Buenos días y felices fiestas a mis amados perros ambulantes, desprotegidos y cojos. Ustedes son lo mejor que tiene esta ciudad… junto con las tortas Héroes, las morras voluptuosas de Metro, y los agentes de vialidad honestos.

Buenos días tengan todos ustedes, dos lectores, que perdieron cinco minutos de su vida leyéndome. Los amo con desenfreno. Ya dejen de procrastinar y pónganse a hacer algo.

No se crean. Lean, lean. Aún me quedan muchas tonterías por estornudar.

Ah, y se me olvidaba…

¡Buenos días, Legionarios de Cristo! ¿Ya escondieron sus estampitas de Nuestro Padre?

jueves, 11 de noviembre de 2010

/Staff

Levántate. Ponte esos tacones y ni se te ocurra patinar por el maldito pasillo enorme, brillante y pulido que se extiende entre la recepción y la oficina del jefe. No vaciles entre los cubículos, míralos a todos y sonríe, pero no demasiado, que te ves medio hueca… no, mija, tampoco tan seria, porque luego van y dicen que eres una apretada. Ya veeees, como se te da esa famita…

Mira que quererle hablar de usted hasta a la de recursos humanos, que tiene tres años más que tú. Mira que pedir permiso hasta para ir al baño, y vacilar ante el sonido del teléfono. Mira que… mira. Quien te viera tan volada; ni tienes derecho a cajón de estacionamiento, pero te sientes en las nubes con tu tarjeta de acceso, que pita en cada puerta que vas cruzando. Es como jugar a la empresaria, como si cargaras el portafolio de tu padre y te embarraras el labial de tu madre. ¡Ja!, si no estás tan lejos… hasta tienes que pedirle la ropa prestada a tu madre, porque no tienes aún ni una garra decente que ponerte, de acuerdo a la política de vestimenta.

Levanta la vista del cubículo. A ver si dejas de faltar tanto por tus muelas de juicio y tu rinolaringitisnosequepitos, y tus achaques que arruinan esta buena racha descomunal. Porque, a quién vamos a hacer güey, a ti eso de tener buena suerte te llega como los años bisiestos. A ver si te tragas el méndigo pastillero de una vez y te alivias, que tienes un mes de trabajos atrasados, dos semanas de rezago en tu puesto ficticio soñado, y un señorito programador que espera poder abrazarte como se debe cuando regrese de trepar su cerro.

Mientras tú… uff, mientras tú juegas a la mujer ocupada, tardas dos horas en lograr pintarte las uñas sin salirte de la rayita, te das unos cuantos tijerazos una vez más, te acomodas el saco, hojeas tu libreta estilo Hemingway que tanto ansiabas poder estrenar, y te lanzas al ruedo de las softnews como si realmente fueras la quinta maravilla… y apenas una nota te han publicado, pero si hasta quisieras enmarcarla junto a los diplomas de poesía de los noventa, que quién sabe por qué diablos tu madre no ha tirado de una buena vez.

Levántate. Ponte esos tacones. Sonríe... sí, sonríe, reverenda obtusa; tienes un cuarto de pie adentro del lugar que tanto sueñas por pertenecer.

lunes, 25 de octubre de 2010

Quiero, quiero, quiero

DISCLAIMER: la primera versión de esto tenía un tono muy distinto. Pero ya me pusieron de buenas, pues’n… :)
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Quiero encontrar el tapete frontal perdido de mi coche destartalado. Quiero volver a comer como la gente normal, y no seguir refugiándome en el bote de nieve bajo en calorías a horas non sanctas de la noche. Quiero dejar mi adicción a las tijeras (y mi tía quiere que ya no deje mechones de pelo en el lavabo), dejar la desidia y parchar esas llantas para ir a pedalear por la Vía RecreActiva.

Quiero volver a tenerle amor a mi sacrosanto tiempo de meditación sudorosa en el gimnasio. Volver a sentir la satisfacción de haber escrito una canción apachurradora de ánimos, volver a reír sin comprimidos, y llorar a gusto y con el diván a distancia. Quiero reportear como desaforada y escribir softnews delirantes, porque estoy plenamente convencida de que la literatura de baño nos sacará de la miseria nacional. Quiero un corcho personal en mi escritorio para llenarlo de tonterías sentimentales que indican que un puesto de trabajo es tuyo, tuyo, todo tuyo (aunque ni lo es, querida ilusa), y quiero el delicioso movimiento de mi mano temblorosa, aferrada a la grabadora que registra chaquetas mentales de un rockstar de cochera.

Quiero dejarme de estupideces mentales, existenciales y preconcebidas, para poder abrazarte a medio pasillo y besarte a media calle. Quiero más reuniones post-clase y pláticas triviales en el estacionamiento, antes del odioso momento de tener que bajarme de tu coche. Quiero flores y velas (citando a Feri, of all people), que me sorprendas, me quites la paz y el hambre (esa urge), quitarte yo el sueño todas las noches y llenar tu mente de esas canciones que, como buena currrrrsi closetera, elijo los viernes para ti.

Quiero dejar de decirte cosas hirientes para tapar mi vulnerabilidad. Quiero más películas del cineforo, libros, post-its, mensajes de texto y café en cantidades peligrosas. Quiero que vuelvas a limitarte a contemplarme, que nadie te lo ha prohibido. Que me tomes de la mano en la calle y vuelvas a detenerme a medio paso como lo hacías antes. Quiero que sea Chapala todos los días, que llegues a la hora que dices, que no se te olvide abrirme la puerta y que te lleves con mis amigas de una buena vez.

Te quiero conmigo como vengas, como salgas y con todos tus berrinches, tu carácter y tu esnobismo musical impenetrable… y quiero que me quieras contigo con todo y que me fascine la Gaga, se me bote la canica cada tercer día, repita vestidos, olvide la fecha exacta de tu cumpleaños y tenga hora de llegada en mis casas, y, como decía el buen Sabina, lo que yo quiero, muchacho de ojos tristes, mochila Chenson y pelo alborotado (adición nuestra sin permiso del autor, of course), es que mueras por mí.

viernes, 15 de octubre de 2010

¿Ves? ¿Ves lo que hiciste?

Se me acaban los pretextos para escribir canciones tristes.
Se me acaban las palabras
Los puntos
Las comas
El aire
Los comprimidos, el asco y la euforia artificial.
Se me acaban y es ahí donde empiezas tú y todo lo que me quita el sueño.
Y doy trescientas vueltas en la cama, miro el reloj con religiosidad y cuento horas…
Ya no cuento días.
Que pinche buena suerte.

Y me duele la boca de tanto sonreír.
Me duelen las manos, los oídos, las ganas, me duele el abismo vacío y gélido que está en la palanca de velocidades, el pelo encima de tu nariz, me duele la página 365 de El Manantial, el Espantapájaros 18 de Girondo y los primeros cuatro acordes de Slow Dancing in a Burning Room.
Me duelen las pestañas de obligarlas a no parpadear, porque me pierdo de milésimas de segundo, de milésimas de un gesto y milésimas de tiempo acumulado que no tendré que volver a esperar.
Que pinche buena suerte.

El secreto está seguro.
Sólo tu perra lo sabía todo…
Tú, yo y el pretil de la cocina.
Y la maldita puerta de tu coche.
Y la esquina de Viajes Prego.
Y un cuarto de los cafés de Guadalajara.
Y nadie más.
Creo que también el viene-viene del Rusty, ¿pero qué importa?
El secreto está seguro con él también.
Que pinche buena suerte.

No puedo concentrarme en escribir por encargo.
No puedo comer, no puedo pensar, no puedo hacer más que llenar mi mente de Belle and Sebastian y besos escritos en mi pantalla.
No puedo alegrarme de por fin haber encontrado el vestido perfecto.
De haber hallado unos tacones cómodos para no azotar y un collar cargado y aparatoso como me gusta.
De no parecer ballena jorobada enfundada en un montón de holanes color hueso y zapatos de bola de disco.
No puedo alegrarme porque no estarás aquí para verme.
Que pinche mala suerte.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

El hubiera (no) existe

En la semana 21 de mi agenda del 2009, en Periférico y López Mateos Sur, en la defensa de una de las pipas de Pemex que transitan por esta ciudad, en el espacio en blanco de una lista de reproducción musical aún sin crear, en el pinche cerro de Tapalpa con el pinche frío y una pinche chamarra que no era mía, en el patio recién llovido de la casa que me ha visto huir y regresar tantas veces a los mismos brazos que nunca se extendieron para alcanzarme, en el asiento trasero de una van del 93, en otra plática inconsecuente sobre Alanis Morissette, en las curvas de la carretera de cuota, entre la borrachera con palabras de demás y el café en cama del día siguiente, en un silencio incómodo frente a platos sin lavar, en el fondo de una taza vacía de Nescafé Clásico, en las cenizas de la fogata y bajo una manta cutre para resguardarse del frío mientras miramos las estrellas y hablamos de todo y de nada y me pregunto de dónde diablos saliste…

… está el principio del fin del principio de todas mis noches sin dormir.

Y nos preguntamos, sentados en el mismo lugar en el que nos vimos las caras hace siglos y siglos y días y días, antes de que todo esto se volviera tan rebuscado… ¿qué hubiera sido de nosotros si no nos hubiéramos conocido?

Tú habrías sido taxista bicicletero del otro lado del charco. ¿Yo? Hmmm… muchas, muchas cosas. Habría usado todo el verano para terminar ese libro quesque dije que escribiría; habría terminado mi lista de películas por ver, mi pelo habría medido unos cuantos metros más, y probablemente no habría escrito tantas canciones inconclusas.

Sí, tal vez nunca hubiera puesto un pie en un gimnasio, ni hubiera subido kilo y medio por una mísera rebanada de pay de limón aderezada con lágrimas. Hubiera seguido plácidamente mi existencia sin Ayn Rand y nunca le hubiera intentado dar una segunda oportunidad a Belle and Sebastian. No habría acosado a José Emilio Pacheco en la FIL. No suspiraría tanto con John Mayer, y estoy convencida de que dejaría de hacer esa estupidez de dejar que mi parabrisas se atasque de lluvia antes de limpiarlo.

No tomaría café molido. Habría dejado a Benedetti de una buena vez en paz. No escribiría en este espacio tanta cosa tan dramática y sentimentaloide. Seguiría ignorando la mitad norte del mapamundi, y no me habría atrevido a bajar música ilegalmente. Eventualmente, pasado mi drama del año pasado, habría seguido adelante, y me habría topado con un ingeniero industrial del Tec que jamás hubiera oído hablar de Cortázar ni hubiera encontrado divertido limitarse a contemplarme, y le gustase eso de irse formal al trabajo.

Habría llorado menos. Habría sonreído menos. No existirían las "instrucciones para leer un correo electrónico esperado". No vería a las hormigas gigantes con ternura, ni habría escuchado a Elliott Smith. Tampoco habría conocido a una perra sorda y metiche, ni tendría esta fascinación por la pasta carbonara y la media luz. Fumaría más. No se me apachuraría el corazón en la mitad de esta ciudad caótica y desangelada.

Es bueno conocerte. Es bueno saber que existes.

viernes, 20 de agosto de 2010

Porque hablarse en segunda persona es terapéutico

Para Ángela, por su milagro en clase de Introducción a la Profesión

Mira que eres curiosa. Las cosas que tienes que arruinar para darte cuenta que es tiempo de seguir adelante.

Te quisiste esconder en la biblioteca de la universidad como lo hacías antes, pero, oh sorpresa, ya no te funciona. La solemnidad de libros cerrados y el olor a polvo no te reconforta más. Te diste un break de la comida y te protegiste en tus audífonos para no pensar; incluso olvidaste las buenas maneras y evitaste a gente que sabías que te pediría cuentas.

Pensaste y repensaste y re-repensaste ad nauseam. Consultaste con cuanto cristiano te topabas en los pasillos qué diablos hacer con esta coyuntura emocional, porque, hay que admitirlo, eres brillante para unas cuantas cosas… pero para las relaciones humanas eres re’ pendeja.

Y al final, tu epifanía te la encontraste ayer en un salón asfixiante de clase de 4 de la tarde, con tu heroína colombiana Miss Godoy y sus ‘vainas’ y elocuencias verbales exquisitas. Es tan sencillo…

Tu pasión, querida tronca emocional, ¿cuál es tu pasión?

Corres al estacionamiento de la universidad, te subes al coche, prendes la radio, y crees escuchar en la voz de Noel Gallagher “you know that it’s time to wake up, wake up” (sabes que la canción no va así, pero esta fe de erratas es perfecta para tu revelación cósmica de pacotilla).

Y despiertas en tu amada Avenida López Mateos, y te das cuenta de tu estómago vacío, tu desmadre de papeles en el asiento, tus uñas mal cortadas, tu expresión facial descompuesta… y tienes hambre, sí, por fin tienes un chingo de hambre; y tu cabeza empieza a carburar y enlistar todos los pendientes con tu vieja meticulosidad histérica. Y puedes recordar todas las otras cosas que te apasionan, por las que también te desvives y te emocionas como quinceañera vestida de colores pastel. Tus otros planes, tus otras metas.

Y hoy vuelves a levantar la cara y avientas sarcasmos de defensa personal, buscas qué libro leer, sacas tu pobre guitarra arrumbada, vuelves a llenar tu agenda, a preocuparte por el poco tiempo que tienes para hacer las cosas y a comprar comida chatarra en la cafetería, con tu habitual complejo de culpa intrascendente. Vuelves a mirar tus tacones arrumbados y piensas, chingue su madre, ahora me los pongo y les doy el valor superficial que les corresponde; ya no son el símbolo de mi vida de periodista en pausa… son unos pinches tacones bien altos que a ver si no azoto con ellos hoy en la noche.

Oh, Adris, you´re back.

jueves, 1 de julio de 2010

Tantos siglos, tantos mundos, tantos carros...

¿Cuáles son las probabilidades de encontrarse con un amigo, carro a carro, por menos de dos segundos, en el tráfico de las siete de la tarde de López Mateos?

¿Cuál tuvo que ser su velocidad desde Circunvalación hasta Cruz del Sur en el carril izquierdo, para que yo –entrando de la lateral con un tráfico estratosférico y lleno de mamavans, y habiendo elegido el minuto exacto para incorporarme al carril central– haya pasado justo al lado de su coche?

¿Cuántos coches debí haber dejado pasar para que esto sucediera? ¿Si no hubiera dejado a ese viejito del Stratus gris, habría pasado?

¿O si hubiera cambiado de carril, por la desesperación neandertal y tercermundista de creer que la calle es pista de Formula 1?

¿O si el agente vial del Office Depot, inspirado por su nuevo chaleco azul de fondos desviados y mensaje subliminal partidista, hubiera tenido un arranque de legalidad y me hubiera multado por manejar y utilizar el celular sin manos libres?

¿Fue el microuniverso tapatío, la serendipia y mi elección de quedarme unos minutitos más en el baño de la redacción, fumarme sólo medio cigarro en el break, tardarme en enviar mi última nota por una llamada desde Chiapas, caminar más lento por el estacionamiento para no romper mis tacones, tomar dos kilómetros más el carril lateral y cederle el paso a regañadientes al viejo del Stratus lo que nos colocó por escasos segundos lado a lado, separadas apenas por las líneas punteadas que indican, según el manual de vialidad, que es permitido rebasar?

¿Fue todo este día cronometrado y diseñado para colocarme justo en ese pedacito de pavimento, a esa temida hora de conductores desesperados y hambrientos?

¿Cuáles son la probabilidades de que la vida –en medio de una nube de smog, relámpagos, claxons desesperados, editores tiránicos con la ortografía, presiones por terminar 100 páginas y frustraciones existenciales– me haya regalado dos segundos de tregua con una cara conocida y sonriente, sosteniendo otro volante en el carril más lento de López Mateos, cinco minutos antes de que cayera un diluvio universal?

sábado, 5 de diciembre de 2009

El corazón de la ciudad es el mío

La ciudad me envuelve como tamal amarrado a las carreras; sin forma, sin método, pero con amor del bueno. Me da espacio entre sus esquinitas para acurrucarme, para apapacharme y dejarme que me vacíe de todo. Me permite compartirle de mi carga y dejarle el bulto junto a una de las tantas alcantarillas botadas.

La ciudad me mira, divertida con mis tropezones. ¿A dónde vas tan vestida y alborotada? ¿Por qué insistes en pisar todas las hojas amarillas del pavimento? ¿Por qué vas sola? ¿Por qué aquí, por qué allá, cuándo vas a encontrar tu sitio? A ver si ya dejas de perderte, a ver si repasas otra vez la Guía Roji y cambias de ruta, que estoy harta de verte con la cara lánguida y postrada en la misma silla. ¿Qué tanto le miras al camellón? ¿Qué tanto le suspiras?

La ciudad me escucha. Hablo bajito, no vaya a ser que la gente crea que estoy todavía más loca. La ciudad se hace la sorda, pero sé que me oye clarito cuando le reclamo, le comparto y le pregunto. No necesito que me responda. Bastante chiflada estoy conversando con la urbe como para que, encima, me conteste ella a mí.

Hoy la ciudad me recibe con las calles abiertas. La hija pródiga regresa al cuchitril del que salió, al nido de las ideas desordenadas, como los panfletos malhechos pegados en los postes de electricidad. Dónde andabas, me dice, que ya no me hacías caso. Vente, vente para acá, te hago un campito.

Prendan los arbotantes que ahí les voy; limpien las fachadas jodidas y las banquetas cuarteadas, trépenle al volumen de esa canción pitera de la pick-up de al lado, saquen sus puestos de garnachas afuera de las iglesias, pónganme un Oxxo en el camino, preparen los patrulleros de vialidad sus libretas de infracción, despejen López Mateos y espérenme en La Selva con una taza calientita, que ahí les voy. Minerva de aguas verdosas, ahí te voy. Calles con nombres de muertos célebres, ahí les voy. Bares pseudo-alternos con cerveza barata, cafesuchos, puestuchos, topes tamaño familiar, claxons enloquecidos, borrachos al volante, faroles gastados, tacos parados, papas al horno, música de iPods ajenos, cadenas, puertas abiertas, bicicletas, botas y bufandas, viene-vienes, cortesías, mezcales, bacachos y whiskeys, vasos rojos, popotes, cascos vacíos rodando en el coche, colillas, baños del Burger King y Sanborns, Tapatilandia de mis desamores… ahí te voy.

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Taconeo, ergo sum

Soy mujer y escribo.
O escribo porque soy mujer.
No.
Soy mujer. Escribo. Ninguno es consecuencia de lo otro.
Pero, ¿es posible callar mi sexo?
¿O se lee entre líneas?
La fragilidad, el deseo
Las partes íntimas bañadas de letras
El fonema manchado de lápiz labial
Rojo. Rosa. Labios pálidos, entreabiertos
Bocas dulces y mordisqueadas
Susurrando en oídos extraños.

Soy mujer y escribo.
Pero mi voz quiere mutar y ser más ronca
Jubilarse del rastrillo
Y cambiar los tacones por las botas
Mi pluma puede esconder los holanes
Si me lo propongo.
Porque escribir, a veces,
Exige habitar otros cuerpos.

Pero, ya sé, te das cuenta
Me escuchas de puntillas detrás de la página
Soy demasiado cursi,
Demasiado fatalista
¿Para qué esconderme si sabes que soy yo?
¿Para qué me disfrazo y me matizo?
Si a nadie le importa
Si la mano que lo escribe usa medias o calcetines
Mientras le llegue a rincones del alma
Que no sabía que tenía

Soy mujer. Escribo.
No soy una cosa sin la otra.
No existo con una sola mitad.
No soy. No puedo ser.
Y no sé qué hacer.

jueves, 22 de octubre de 2009

Niebla en el ITESO (o Vómito Matutino en Clase de Derecho de la Comunicación)

Hoy hay niebla atorada en los pasillos y colgada en los árboles. Hay tour internacional de nubes en todo el campus. Se detienen a curiosear en las ventanas, dejando huellas goteantes en el vidrio y llevándose el calor como souvenir. Todo es agua, ríos y ríos de agua fría y condensada. Y yo tan seca.

Hoy hay ruido, mucho, mucho ruido. Hay un stand de la radio de la universidad que avienta canciones viejas de Café Tacvba, que opacan los balbuceos de mi maestra frente a una clase cruda y desvelada; los rechinidos de las sillas y golpeteos de plumas sobre los escritorios interrumpen la siesta de mi compañero de al lado, hay un coro de groupies de Aristegui que refuta la exposición de la clase sobre la radio de Televisa… hay ríos y ríos de voces con argumentos sustentados en La Jornada. Y yo tan muda.

Hay un mitin de pubertos preparatorianos. Camiones atascados de ellos; niños cargando bolsas con promocionales estorbando las vías alternas, y mocosas con faldas de cuadros que levantan chiflidos y gritos obscenos por parte de los ingenieros. Son ríos y ríos de extraños aglomerados en los pasillos, en las cafeterías, en los jardines, en la biblioteca, frente al espejo de los baños de mujeres… y yo tan sola.
Hay una mancha gris en mi vista panorámica. No veo nada tres metros adelante. El día parece estar anunciando tragedias, llovizna pasajera y temperaturas que no rebasarán los veinte grados centrígrados. Probablemente habrá un tráfico divino en las arterias principales y choques tontos de señoras en mamamóviles y jóvenes imprudentes en sus deportivos/cajas de zapatos. Hay ríos y ríos de tristezas grises desparramadas en toda la ciudad.
Y yo tan feliz.

domingo, 18 de octubre de 2009

'Tapalpa... Tapalpa on my mind...'

Odio volver. Odio dejar de lado mi olor a tamal de elote y tierra roja por las preocupaciones citadinas de mierda. Odio que cuando se acerca uno a la entrada a Guadalajara, el cerebro vuelve a trabajar de la misma manera acelerada que el resto de los días normales, y por repasar la lista de pendientes a uno le sale la cuarta bola de estrés en la espalda.

Qué difícil es bajar los pies del sillón, cambiar las pantuflas por zapatos y reanudar la esclavitud del maquillaje y el cepillo. Fueron apenas 27 horas con la cabeza en las nubes. Hicieron falta muchas, muchas más.

Odio aterrizar. Odio tener que conectarme de nuevo a mis dependencias cibernéticas y estudiantiles, volver a mirar el reloj y contar las calorías de mi plato. Odio recuperar lo que se olvida con unos cuantos metros más de altitud y un atole de cajeta calientito, con la risa de mis amigos y las enchiladas de Doña Ramona. Odio que, por más que tengo una montaña de cosas que hacer antes de que sea mañana, no puedo pensar en otra cosa que no sean las margaritas que forraban la carretera a Tapalpa.

domingo, 20 de septiembre de 2009

:)

Hoy no hay quejas. Bueno, sí las había, pero el maravilloso poder del apendejamiento sentimentaloide ha subyugado mi mala costumbre de ningunearme.

Ya no me importa nada. Nada. Hoy sonrío como imbécil y no me molesto por escondérselo a nadie. Hoy vuelvo a dejar esa canción en mi iPod que hace unos días nada más escuchaba comenzar y me apachurraba el ánimo y las glándulas lagrimales. Hoy me doy un peinón exprés, me enfundo en mi vestido y salgo, porque este día es el mejor que pudo haber sido y vale la pena ir a disfrutarlo. Y, al mismo tiempo, me frustro por saber que allá afuera no va a estar lo que en verdad quiero encontrar.

Qué ironía. El poder de una llamada. El maldito poder de una voz con palabras tan sencillas, que querían decir más que lo que el saldo del celular lo permitieron. Libros. Si serás tonta. ¿Cómo te pones a hablar de libros con alguien que está a pinchimil kilómetros? ¿Porqué esos 10 minutos, esos 10 brevísimos minutos no los invertiste en decir cosas más inteligentes y espontáneas y sinceras y cariñosas y chistosas y elocuentes y…?

Hoy es el peor cumpleaños. Hoy es el mejor cumpleaños. Felices 22. Ya deja de quejarte. Sonríe. Y deja de abrazar el celular.

martes, 15 de septiembre de 2009

Guadalajara, hueles bache y tierra mojada

No ha dejado de llover en tres días. La Madre Naturaleza tiene un humor de la chingada; primero con sequías todo el verano, y justo en septiembre ahoga calles y camellones. Y ni se diga de los baches tapatíos. No son hoyos... estas cosas son yacimientos petroleros. Me he salvado de choques porque el wey de allá arriba que dizque todo lo ve ha de estar aburrido de verme hacer tanta tontería.


Ayer que venía manejando por nuestra maravillosa y excelentemente parchada avenida López Mateos, a la altura de Plaza del Sol, recordé por qué soy una tapatía recalcitrante. Eran las nueve de la noche y venía a vuelta de rueda –el tráfico ya no tiene horario fijo cuando de lluvia se trata–, peleándome con mi iPod que siempre decide tomar siesta en los momentos menos oportunos. Por tercera vez que quedé en el mismo semáforo; estaba furiosa, hambrienta, cansada y con prisa, mi estado natural en horas pico. En eso, uno de mis parabrisas se atoró a la mitad de su trayectoria con una hoja de árbol. Bajé el vidrio para arreglar el desperfecto, maldiciendo a la pobre basurita color marrón… pero apenas bajé el vidrio, cuando el olor a calle y lluvia penetró mis fosas nasales y viajó en milésimas de segundo a mi cerebro.


Eso es lo que me hace sentirme tan jalisquilla. El olor a tierra mojada. No la torta ahogada y el Tequila Express, los jarritos despostillados o los mariachis mal uniformados en los restaurantes para turistas de Tlaquepaque… no, nada de eso. Me hace jalisquilla el hecho de que nadie más que mi gente y esta melómana podemos captar la belleza, la exquisita delicia del olor de nuestras calles ensopadas y llenas de smog. Nadie puede entender como nosotros el placer que significa llenar nuestros pulmones de ese aroma, que es precisamente el causante de todos nuestros accidentes y catástrofes viales.


Mi minúsculo momento en el nirvana tapatío fue interrumpido por una mamá-van que venía en sentido contrario, que muy descortésmente aceleró con más enjundia de la necesaria y me mojó. Aunque, ¿quién va por López Mateos con los vidrios abajo con semejante tormenta?
Sonreí el resto del camino a mi casa –45 largos minutos en un tramo de menos de 15 en horas normales. Se me olvidó el hambre y el estrés. Se me olvidó que en mi radio se oía pura estática mezclada con la música cumbianchera del coche de atrás. Sonreí empapada, con el vidrio abajo y mi pedacito de naturaleza atravesado en el parabrisas. Sonreí con mi olor favorito pegado en la nariz. Porque esta ciudad es un caos de concreto malhecho, parchado y gris. Es la ciudad de la desolación mojada, un río rápido de aguas negras en el que nadamos cerca de seis millones de almas perdidas. Y la amo, de veras, cómo la amo.