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sábado, 29 de enero de 2011

Disculpe usté la tardanza

Con todo lo que he escrito en estos últimos dos meses (lo cual, a menos que sean lectores ávidos de los vistazos de Primera Fila, seguramente no han visto), es increíble que me sienta tan desprotegida ante esta página en blanco y su cursor intermitente. Viene y va, viene y va. Cada vez que reaparece en la primera línea vacía me dice, a ver, pendeja, escribe algo ya o ciérrame de una vez.

Tengo la cabeza llena de anécdotas intrascendentes, de esas que me encanta venir aquí a poner en la mesa. Porque, a falta de experiencias excitantes, tengo vivencias trepidantes y esclarecedoras en la entrada de los Oxxos, con homelessitos y mamavans.

Al final de cuentas, de ahí saco la sabiduría infinita de la humanidad: de sus peores manías y sus trivialidades en los supermercados. Dios bendiga a todas las señoras fodongas que se cruzan en mi camino, los buchones de Bugambilias, los frezapatistas itesianos y los hipsters con pantalones perturbadoramente entallados.

Estos dos meses he tenido epifanías de la condición humana en lugares tan comunes como éstos, y con ejemplares bípedos tan afortunados como los ya mencionados.

Pero no puedo escribir una sola palabra.

Como que he perdido la facilidad de vomitar quejumbrosidades. Cuando uno cuenta con menos tiempo, se encuentra a sí mismo llenando los escasos minutos de sobra con cosas más productivas que escribir sobre sus desgracias.

Es que es ése mi problema. De momento me he quedado son desgracias qué contar. Y este espacio, muchas de las veces, ha sido mi bote de basura emocional, y de repente no hay nada qué tirar.

¿Me habré arruinado por ser feliz?

Nah. Al final de cuentas, me estoy quejando de ser afortunada y no poder escribir ni una puta palabra.

Porque no estoy acostumbrada a escribir cosas felices. No sé cómo venir a contarles a mis dos lectores y medio de la fascinante experiencia de escribir caracteres por encargo sobre changarros hipsters en la Zona Metropolitana de Tapatilandia. De tener pláticas profundas con RPs de antros, acostumbrarme a tomar infusiones para la panza y llenar el corcho de mi cubículo con pendejaditas coloridas que lo hacen más hogareño. Tengo un montón de confesiones que hacer de mi cursilería de clóset, que está rejega porque la reconozca como legítima hija mía, y la saque a pasear a la calle con la frente en alto.

Adris is back. Tal vez un poquito menos agria. Disculpe las molestias que esto ocasione.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Oooooooh, pinche Navidaaaad...

¡Buenos días, alegría! ¡Buenos días, Tapatilandia querida, embarnecida en más de 100 puntos del IMECA, con papeleras del Centro Histórico sin bolsa, y temperatura calurosa, gracias a la capita natosa de smog!

Buenos días tengan ustedes, pendejos al volante, con sus listas interminables de regalos por compromiso, sus cajuelas rebosantes de canastas de La Playa y Goiti. Buenos días a sus hijos, que lloriquean por un XBox y una Barbie con bubis firmes, mientras exigen que les repitas OTRA VEZ el villancico de Rodolfo. ¿No le han confesado por qué tiene la nariz roja? No es por inhalar dulces...

Buenos días, estacionamientos colapsados de las plazas. Buenos días, semáforos sincronizados de López Mateos frente a Plaza del Sol. Buenos días, carros ridículos con cuernos del año antepasado. Hola qué tal, ñoños con espíritu navideño y la versión ochentena de Blanca Navidad, entonada por Daniela Romo, en sus bocinas. Ojalá se les atore el casette en la grabadora.

Muchos días de estos, estimados dependientes del Starsucks de Santa Rita, que ya se acuerdan de mi cara y me hacen plática mientras yo tamborileo los dedos en señal de desesperación. Buenos días, encargado del estacionamiento, que se compadece de mi falta de gafete y por las mañanas me deja estacionarme adentro.

Saluditos amorosos a mi pobre Minerva, con sus guirnaldas luminosas y su agua verde. Al olor a pan de la calle Prisciliano Sánchez, sus hipsters en bicicleta y sus perros levantando la pata trasera en cada árbol. Abrazos apapachadores al franelero de la calle Tizoc, que me saluda efusivamente desde el camellón, aunque no me limpie el vidrio.

Un beso tronador al chocolate caliente sin azúcar “Hermanas Vivanco”; a los churros La Bombilla que abren el 25 de diciembre, a la quietud que prometen los días de 26 al 31, con la soledad en sus calles y el silencio en sus banquetas.

Un shout out a mi Jefe Diego, que jubiló a la afeitadora y, al parecer, tiene el síndrome de Estocolmo, o es neta rete guadalupano, o de plano trae una estrategia política mamona. Aris, Totelín, my man, mi homie, smooches... Urrea, Viva Las Vegas, ¿cómo sigue tu mujer? Vielmis, tus anuncios del Primer Informe… awesome. UDG S.A. de C.V., ¿cómo va esa cartita al Niño Emiliodios? ¿Más parones, marchas, acarreados con silbatos y días de asueto para sus muchachos? Exmo. Gobernador… ugh, qué asquito, a usté no le digo nada.

Buenos días y felices fiestas a mis amados perros ambulantes, desprotegidos y cojos. Ustedes son lo mejor que tiene esta ciudad… junto con las tortas Héroes, las morras voluptuosas de Metro, y los agentes de vialidad honestos.

Buenos días tengan todos ustedes, dos lectores, que perdieron cinco minutos de su vida leyéndome. Los amo con desenfreno. Ya dejen de procrastinar y pónganse a hacer algo.

No se crean. Lean, lean. Aún me quedan muchas tonterías por estornudar.

Ah, y se me olvidaba…

¡Buenos días, Legionarios de Cristo! ¿Ya escondieron sus estampitas de Nuestro Padre?

jueves, 11 de noviembre de 2010

/Staff

Levántate. Ponte esos tacones y ni se te ocurra patinar por el maldito pasillo enorme, brillante y pulido que se extiende entre la recepción y la oficina del jefe. No vaciles entre los cubículos, míralos a todos y sonríe, pero no demasiado, que te ves medio hueca… no, mija, tampoco tan seria, porque luego van y dicen que eres una apretada. Ya veeees, como se te da esa famita…

Mira que quererle hablar de usted hasta a la de recursos humanos, que tiene tres años más que tú. Mira que pedir permiso hasta para ir al baño, y vacilar ante el sonido del teléfono. Mira que… mira. Quien te viera tan volada; ni tienes derecho a cajón de estacionamiento, pero te sientes en las nubes con tu tarjeta de acceso, que pita en cada puerta que vas cruzando. Es como jugar a la empresaria, como si cargaras el portafolio de tu padre y te embarraras el labial de tu madre. ¡Ja!, si no estás tan lejos… hasta tienes que pedirle la ropa prestada a tu madre, porque no tienes aún ni una garra decente que ponerte, de acuerdo a la política de vestimenta.

Levanta la vista del cubículo. A ver si dejas de faltar tanto por tus muelas de juicio y tu rinolaringitisnosequepitos, y tus achaques que arruinan esta buena racha descomunal. Porque, a quién vamos a hacer güey, a ti eso de tener buena suerte te llega como los años bisiestos. A ver si te tragas el méndigo pastillero de una vez y te alivias, que tienes un mes de trabajos atrasados, dos semanas de rezago en tu puesto ficticio soñado, y un señorito programador que espera poder abrazarte como se debe cuando regrese de trepar su cerro.

Mientras tú… uff, mientras tú juegas a la mujer ocupada, tardas dos horas en lograr pintarte las uñas sin salirte de la rayita, te das unos cuantos tijerazos una vez más, te acomodas el saco, hojeas tu libreta estilo Hemingway que tanto ansiabas poder estrenar, y te lanzas al ruedo de las softnews como si realmente fueras la quinta maravilla… y apenas una nota te han publicado, pero si hasta quisieras enmarcarla junto a los diplomas de poesía de los noventa, que quién sabe por qué diablos tu madre no ha tirado de una buena vez.

Levántate. Ponte esos tacones. Sonríe... sí, sonríe, reverenda obtusa; tienes un cuarto de pie adentro del lugar que tanto sueñas por pertenecer.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Dices que tienes 20, cuando tienes 23

El autor de trilogías de culto en el geekdom gringo, quesque filósofo y Papa del Discordianismo (agnosticismo?) del siglo 20, Robert Anton Wilson, escribió en 1977 un artículo en el que confesó que el primero en creer en el enigma del 23 (base de su trilogía más famosa, Illuminatus! y paranoia por el resto de su vida), fue el escritor William S. Burroughs.

Resulta que todo todo todo todo tiene que ver con el número 23. Todo lo que sucede en nuestras vidas –las tragedias, los eventos desafortunados y las malas decisiones actorales de Jim Carey– tienen al número 23 o un derivado del mismo. Burroughs le contagió esta paranoia matemática al escritor en 1965, de ahí pa’l real, la cosa se puso seria. Una trilogía, terapia y mucha pérdida abundante de cabello después, Wilson se dio cuenta de la inminente realidad: su vida estaba condicionada por el número serial de doble dígito y premisa de novela de ciencia ficción.

Así que ahora haremos el experimento paranoico à la Agris style:

Papi y mami se casaron a los 23 años (creo) y contribuyeron con 23 cromosomas cada uno para que yo existiera. Iba a ser la tercera, pero terminé siendo la segunda (2 y 3: 23). Nací un 20 de septiembre, pesé dos kilos y medio, pero por la sabanita cursi patrocinada por el hospital, agreguémosle 500 gramos más (20+2.5+0.5=23).

A los tres años perdí un diente de leche en un madrazo contra la escalera de 20 escalones de mi casa nueva (3+20=23). Mi madre me bordó 25 vestidos ampones, pero sólo existe un récord fotográfico de 23 (and counting). El 7 de julio de 1997 (23 años después del nacimiento de Kate Moss… que no sé qué pitos tiene qué ver conmigo, pero pues así fue) tuve un accidente automovilístico en el que perdí aún más dientes; actualmente sólo cuento con 23 piezas en mi cavidad dental, más una muela de juicio a medias… así que esa no cuenta.

El 23 de junio de 1970 nació Yann Tiersen, y el de 1914 Pancho Villa le quitó Zacatecas a Huerta. Hace poco conocí a un tipo que tiene 23 años y es fanático de Amelie y las bromas sobre el Bicentenario y Centenario. Mis padres se separaron a los 23 años de casados, mi perra parió trece cachorros a los 23 años perrunos de vida, tengo 23 pares de zapatos, y hoy cumplo 23 años.

Hmmm. La teoría conspiracional del Santo Patrón del Discordianismo no es tan emocionante cuando una lo aplica a su vida. Pero algún toque trágico tenía que meterle al vigésimo tercer aniversario de mi existencia en este mundo. Si no, no sería yo.

Buenas noches, y feliz cumpleaños a mí, a dos patadas valer un cuarto de siglo.


Para leer el manifiesto paranoico (y algo divertido) de Robert Anton Wilson, pinche con su cursor aquí.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Amor en los tiempos del iPod

For me, if we’re talking about romance, cassettes wipe the floor with PM3s. This has nothing to do with superstition, or nostalgia. MP3s buzz straight to your brain. That’s part of what I love about them. But the rhythm of the mix tape is the rhythm of romance, the analog hum of a physical connection between two sloppy, human bodies.

-Rob Sheffield, Love is a Mixtape


La radiografía de nuestras vidas está en todas las listas de reproducción musical. En los mixtapes jodidos que hicimos en preparatoria, en los cassettes olvidados de artistas poperos y melosos de los noventa… en la torre olvidada de discos y la capitalista carátula de un iPod.

Nuestra música es tan personal como las canciones que nos avergüenzan y sólo escuchamos en la seguridad de nuestros audífonos; tan pretenciosa como el long play de The Beatles que colgamos en nuestro cuarto y nunca hemos escuchado en nuestra puta vida; tan dolida como las canciones que tenemos que quitar del radio para no deshacernos en lágrimas tontas; tan predecible como la playlist que pones todas las mañanas camino al trabajo, a la escuela, en el gimnasio… tan espontánea como la bellísima y tontísima felicidad por haber descubierto una nueva banda, y la cursi pregunta de cómo pudiste haber sobrevivido todos estos años de mediocridad musical sin haberla escuchado…

Nunca se está más expuesto que cuando un tercero hurga sin permiso en la biblioteca musical de uno. Nuestra desnudez mide 17 gigabytes y suena a una mezcla aleatoria de sonsonetes que abarcan más décadas que las que uno ha vivido. Sabe a recuerdos que sólo pueden ser desempolvados por las canciones más inesperadas. Y siempre se siente como si fuera la primera vez; la de-virginización de tus oídos y el destape de tu alma con una canción tan esnobista como un b-side de Radiohead, o tan decadente como la Britney en sus buenos tiempos. Suenan los primeros acordes y ya, así de fácil, nos evidenciamos. Salimos del clóset melómano.

Amo la música. Lo digo sin un solo atisbo de exageración. Llevamos una relación de muchos años, por supuesto inestable, y como todo, tenemos nuestras épocas en las que nos adoramos con locura y desenfreno, y otras en las que la quiero agarrar a madrazos.

No funciono sin ella. Dejo que me explique, que lleve la conversación por mí; que me ningunee, que me grite, me deprima y me haga llorar; que me ponga de buenas y me obligue a hacer cosas tan impensables como bailar con mis dos pies izquierdos (el alcohol da el último empujoncito, pero ni le digo, porque se me pone celosa); no me pide que la entienda todo el tiempo, se aguanta cuando la juzgo y todavía tiene la ocurrencia de ponerle chispa a la relación y sorprenderme de vez en cuando. Está en todos los aspectos de mi vida, y es referente omnipresente mi archivo mental; no hay recuerdo en mi cabeza que no tenga una cancioncita de fondo.

Comer y respirar música tiene sus consecuencias desastrosas. Es una montaña rusa, como el efecto que quieres darle a tu mixtape, para que la experiencia musical sea llevadera… y terminas haciendo un aleatorio terrible y tropezado. No, amar la música no es tan glamoroso todo el tiempo.

Implica regresar a cada rato a etapas que uno quisiera borrar, y cada vez que escuches a Sugar Ray antes del sobrepeso de Mark McGrath vuelvas a tener trece años, traigas otra vez esa horrorosa blusa negra de mangas acampanadas que te prestó tu prima, tu planchado disparejo, y estés una vez más en la barra de refrescos de la tardeada de tu escuela católica, suspirando por un puberto del colegio de hombres de la esquina que te ubica como la Daria de la generación…

O, pasados los años de tu lastre social, estés en una reunión de comunicólogos mamertos, que recitan frases de Foucault que leyeron en Selecciones, escuches a la señorita Gaga en las bocinas, y seas la única que comete el faux pas intelectual de cantar con la mano hecha puño (la batiseñal del micrófono).

Implica que cada vez que escuches una canción que te mata y enloquece, escupas un “me encanta esta canción” innecesario, y no puedas concentrarte en la conversación con el individuo frente a ti, por tararear la canción en tu cabeza; y sabes que puedes escucharla mil veces más en otra ocasión, que en ese momento es más importante sonreírle al imberbe que tienes en frente y que te dará ride de regreso a tu casa… pero es imposible. Es más fuerte que tú. TIENES que tararearla como zombie y menear la cabeza en señal de aprobación, para despistar al del enfrente.

Implica que, en tus momentos depresivos, no puedas ni sintonizar Millenium Bella Música (105.1 FM), porque hasta la pinche bagatela de Beethoven te recuerda al incompetente al que le dedicas tu deshidratación lagrimal. Y los violincitos te apachurran el espíritu, y, oh, maldito seas, Yo-Yo Ma, porque el día que conociste a ese gaznápiro obtuso que te rompió el corazón, venías escuchando al taka taka virtuoso. Y vetes canciones que amas, borres listas de reproducción y escondas en los rincones de tu cuarto esos mixtapes horrorosos con canciones que probablemente era dedicadas para ti, pero ahora suenan a marcha fúnebre.

Implica que relaciones todos los eventos triviales e inútiles con lanzamientos internacionales de álbumes, reseñas, muertes y suicidios. Y recuerdes que el día que murió Michael Jackson tú ibas en el coche de la mano de un programador, o que el mundo se convirtió en un lugar mejor cuando Adele decidió aceptar su sobrepeso, dejar a su novio alcohólico y sacar ese maravilloso álbum… que la primera vez que escuchaste a Esperanza Spalding en la radio fue el día en el que se te rompió el tacón frente a la Catedral como castigo divino por haberle negado una cooperación a una misionera enfadosa, y que Lhasa de Sela sacó su hermosísimo álbum La Llorona el mismo año que tú perdiste tus dientes en un accidente.

Implica hacer un esfuerzo monumental para reconciliarte con una canción. Porque hacer paz con ella es hacer paz con lo que menos aprecias de ti: tu excesiva vulnerabilidad. Sabes que tu salud emocional corre al ritmo apachurrado de un Jay Jay Johanson drogado, o el sampleo asqueroso de un gritito perdido de Mademoiselle Dion echando sus vibrattos en It’s All Coming Back To Me Now (y hasta te dan ganas de ponerte ese camisón largo y correr por los pasillos como en su video)… como las palabras que se te atoran en la garganta, y las intercambias por rimas cursis que alguien más escribió, pero parece que se las hubieses dictado letra por letra (gracias, Martha Wainwright, por haber escrito Bloody Motherfucking Asshole… era justo lo que quería decir…).

Amo la música en el paquete que venga. Me deshago de ternura con los cassettes con canciones grabadas de la radio que quedaron atorados en mi grabadora de la infancia, me doy pena cuando encuentro arrumbados mis CD’s vergonzosos de mi época de punk barato, y me enorgullezco de seguir haciendo excursión especial a Mixup a comprar discos de música clásica a precios estúpidamente baratos. Porque la devoción a este arte es independiente de las nuevas tecnologías, la piratería o los reproductores de mp3 con más aplicaciones de las que puedo aprender a usar…

Amo la música, más allá de cualquier etiqueta esnobista. El respeto a lista de reproducción ajena es la paz. Más allá del inexistente género musical ‘indie’, de la programación pitera de Exa FM y la asquerosidad de ser humano que es Oliveros con su Coup D’Etat. Más allá de las malas pero bien intencionadas habilidades de locución del tipo de Rutas Alternas, o la terrible traducción de canciones que hace el fulanito de Leyendas del Rock. Más allá de escuchar a vejestorios como Joni Mitchell, o aceptar que escuchas pop en español cuando nadie te está viendo.

Amo la música, con todo lo trágico, geek y nostálgico que ello conlleva. Una desgracia sin violincitos no sabe igual de amarga. Y una victoria sin el sonsonete de U2 con alguna chaqueta mental como Beautiful Day no tiene el mismo sabor.

Buen día, melómanos.

viernes, 13 de agosto de 2010

Plan B

Para Jaime, que tenía razón.


“Ok girls, open your journals… yes, yes, we’re going to write a lot today, so don’t even bother to complain. Miss González, I heard that; if you keep up with that language, I’m going to have to send you to the coordinator’s office…”

Miss Susan mastica su ingles británico en un salón de pubertas de colegio privado. Camina entre los pasillos, empuja con el pie las mochilas de carrito que varias de las susodichas, les pica en la espalda con la pluma para que se enderecen, y con sus ojos azul rey revisa meticulosamente que todas ellas tengan su cuaderno forrado de rojo sobre sus escritorios.

En la esquina del salón está la única que incluso lo tiene abierto y con la fecha escrita. Ella tiene once años y usa un paladar con dientes falsos pegados; tiene lentes redondos y un poco grandes para su cara, y todas las mañanas sufre para cerrarse el cierre del jumper. En el fondo, le gusta estudiar, pero jamás lo admitiría en voz alta. Ya tiene la edad suficiente para saber lo que significa suicidio social, gracias a su única amiga, una mocosa lista, más viva que ella, y con mucho más carácter.

La clase de Grammar es su parte favorita del día, pero no por las reglas gramaticales y la lista interminable de combinaciones con preposiciones (y le encantan, aunque tampoco lo admitiría)… sino por la parte final y más cursi de la asignatura: Journal.

Es un ejercicio simple y tedioso para el resto de las compañeras, que prefieren sacarle punta a sus colores de Hello Kitty, acomodar su estuche de Badtz Maru setecientas veces al día, y hablar de los niños del colegio católico varonil de la esquina de la calle mientras, clandestinamente, mastican chicle en el baño.

Pero no para ella. Esta ñoña de dientes falsos y 9.6 de promedio se emociona de llenar páginas en su cuaderno italiano con portada de Peanuts. Le gustaría que los temas fueran libres, pero se atiene a las indicaciones de Miss Susan como la buena niña aburrida que es.

“Please write down the date, and the following title: ‘When I’m 21, I will…’ Now, complete the sentence with at least three life projects. You have 15 minutes.”

Ella saca sus plumas de gel de diferentes colores, marca viñetas en forma de estrellas, y escribe una lista de hoja y media, alternando las plumas por gamas de colores. Subraya con tinta verde cinco frases de su lista, las que ella considera las más importantes.

I will study literature at Harvard (sí, escribió eso)
I will be popular and have many friends
I will have a good-looking boyfriend
I will be a journalist and publish a book
I will live in France (supongo que la niña no estaba enterada de que Harvard NO está en el continente europeo)

Esa niña de lentes redondos se encuentra una mañana, doce años después, con ojeras del tamaño de una pelota de tenis y los ojos hinchados. Al parecer sí es posible llorar por horas, claro está, con intervalos de descanso.

Ya tiene sus propios dientes de porcelana, y las dietas y unos cuantos encontronazos con el excusado en su adolescencia la han dejado con un peso más o menos socialmente aceptado. No es precisamente el alma de la fiesta, pero la gente no la considera aburrida. No, no estudia en Harvard, tampoco literatura. No ha publicado ni siquiera un aviso de ocasión, Francia es sólo un llaverito de souvenir en su corcho, y fue descartada de un puesto por ser todavía una estudiante de una carrera que ya no le convence (al parecer, no existe eso de ser reportera de medio tiempo). Good-looking boyfriend? Let’s not go there.

Ella está a dos patadas de llegar al cuarto de siglo, y se da cuenta de que su yo de once años le escupiría en la cara ahora mismo. Desempleada, sin análisis semiótico de Cervantes, ni Café au lait en Montmatre, ni firma de libros, ni Ivy League, ni foto estelar en revista de sociales, ni viajes de corresponsal, ni modelo de ropa interior de Fruit Of The Loom.

Ella se seca las lágrimas e intenta reírse. ¿Qué pitos va a saber una mocosa de once años de la vida veinteañera? ¿Qué pitos va a saber de reacomodar estándares, de tolerancia a la frustración, de crisis existenciales y de haber invertido siete meses en un proyecto que fue directo a la basura antes de ser empezado? ¿Qué va a saber ella de días como este, en los que una no se quiere ni levantar de la cama, y por primera vez en meses no sabe por qué diablos está luchando ahora?

¿Qué va a saber ella del nudo en el estómago, en la garganta y en el alma, por no haber pensado en la remotísima posibilidad de que las cosas no salieran como ella planeaba?

Esa puberta debió haberse dejado de pendejadas y haber escrito en su fucking journal ese plan B, y Miss Susan, la english bitch esa, no debió haberle parecido tierno que su alumna hubiera escrito esas barbaridades tan ilusas. Debió haberle enseñado en ese mismo instante la cruda realidad, haberle puesto su primer 7 en su vida, y llevarla con la psicóloga del colegio… auxilio, la mocosa ni sabe de geografía ni de bajar estándares.

Ella sigue llorando todo el día, pensando en qué pitos sigue, cuando ya se veía con un gafete con su nombre, lista para recorrer las calles de Tapatilandia, que aprendió a vestirse como adultito, y hasta había comprado un paquete de libretas Moleskine al mero estilo Hemingway.

Ella se pregunta cuál es ahora ese plan B. Y cómo va a recuperar el dinero que invirtió en esos pinches tacones.

lunes, 19 de abril de 2010

Correspondencia con el vacío

No human can compose a love letter without seeming slightly insane. Love letters are like suicide notes -- if someone is in the emotional position to consider writing one, they're generally in the worst psychological position to make any cogent sense.
-Chuck Klosterman


De vez en cuando, mi madre se para en el epicentro tercermundista que es mi cuarto y me obliga a recogerlo, so pena de no salir de ahí hasta que no quede ni un papel en el suelo ni un calcetín huérfano en el escritorio, cerca de las tres tazas de café de hace una semana con contenido de dudosa reputación. Hubo un tiempo en el que de mis cajones salía vida minúscula y de ocho patas que había hecho de mi librero su penthouse con vista al mar. Y hasta eran mis amigas –de las 38 mil especies de arañas que existen en el mundo, sólo diez son peligrosas para el ser humano. Estoy segura que mis vecinas no forman parte de esta categoría. Vivo en Zapopan, no Tanzania.

(Pero bueno, el punto no es venir aquí a alardear de mis hábitos de higiene)

Cuando sucede este evento, es cuando me doy cuenta del cuchitril en el que vivo y me tomo una tarde personal, me armo de una bolsa negra y me embarco en la complicada tarea de discernir qué tanto de lo que tengo amontonado en mi sacrosanto lecho constituye lo que comúnmente se denomina como basura. Es arduo. Es controversial. Seis horas después, la bolsa negra permanece vacía casi en su totalidad, porque tengo la maravillosa habilidad de hacer de un ticket de estacionamiento o una corcholata los representantes de mis mejores recuerdos, y archivarlos, como todos los demás.

Tengo una teoría al respecto. Varias, en realidad, pero una se erige por encima de todas las demás: no he recibido suficientes cartas en mi vida.

Alguna vez una amiga, que es mi némesis en asuntos de orden y limpieza, me compartió por toda una tarde sus cajas de recuerdos (Si, hombres que estén leyendo esto, seguimos haciendo eso, somos cursis, es nuestro trademark, viene insertado en nuestro cromosoma X, junto con la menstruación y el multitasking). De sus cajitas de colores pastel saltaron sobres y sobres y más sobres de cartas. Me leyó varias de ellas, me dejó chismear en otras, papelitos de colores, post-its, hojitas membretadas de Hallmark con monitos, fotos decoradas, sobres hechos a mano de materiales inusuales… pfff. Mi envidia no daba para más. Regresé a mi casa a inspeccionar mis cajas… llenas de tickets, de las servilletas con fechas anotadas, de las corcholatas que de seguro tenían un propósito específico para catalizar mi archivo de recuerdos y ahora no sé cuál era, de envolturas de Kinder Sorpresa, una piedra, esquinas de periódico y, oh, menos mal, una que otra carta.

Es triste. No he recibido suficientes cartas. ¿Qué clase de persona soy?

Tengo unas de la secundaria, cuando mi mejor amiga se fue de intercambio y el e-mail no le era permitido en su escuela. Si los reportes de conducta cuentan como cartas, fueron las más prolíficas y románticas que recibí en mis tiempos de pubertad. Tengo conversaciones escritas en la parte de atrás de algún cuaderno e insultos cariñosos de mis compañeros de preparatoria. ¿Eso cuenta?

He tenido un serio problema para elegir a mis amistades… no son mujeres muy creativas, de esas que hacen collages de nuestras super fotos de la peda y las pegan en una superficie que sólo se encuentra en papelerías Lumen, con letreritos con diamantina de BFF... ni hombres en mi vida que se dieran el tiempo de al menos escribir algo lindo en una hoja de block (kudos para la única carta romántica que mi ex novio me escribió unos varios meses antes de salir del clóset).

Sí, mi stock de cartas es pobre. Sin embargo, yo sí escribí muchas cartas. Me inicié de editora literaria a temprana edad: le corregí y aumenté a los poemas y acrósticos de mi hermano para tooodas sus novias. Hice la barbaridad de, en segundo de secundaria, regalarle una canción a mi amor platónico con el que había hablado como DOS veces en la vida (aún no me repongo de mi ridiculez). Le escribí como cinco páginas de Word en Arial 11 a mi mejor amiga de secundaria, la veintiúnica vez que nos peleamos en serio. Agoté mis mejores frases adultas en las pinchimil cartas que le escribí a mi padre cuando nuestra relación era lodosa. Dios mío, las confesiones terribles que hice en papel a mis varios amores no correspondidos de preparatoria. Si alguien debería de estar llena de cartas, al menos por karma, soy yo.

Conservo algunos borradores. Dios santo, las cosas que uno dice. Me leo y me retuerzo de mi propia melosidad. Si tuvieran respuesta, al menos sabría que dicha melosidad era correspondida. Hoy ya no me acuerdo. No tengo palabras bonitas en papelitos perfumados para llevar constancia física de cómo fui querida. Tengo bolsas de cacahuates y etiquetas de cerveza para recordármelo. Tal vez mis amigos se dejaron de pendejadas de la papiroflexia y me lo demostraron de otras maneras. Tal vez los hombres de mi vida fueron todos muy verbales. Así que lleno los huecos con basura que rasqué de los lugares en los que estuvimos para recordarlos. No me dieron material suficiente, pero de eso me encargo yo. De la reconstrucción de nuestras vidas con tiliches.

La tecnología ha contribuido a mi sequía. Los post-its ahora son el equivalente de posteos en el Wall the Facebook, mis fantasías epistolares sólo se han cumplido en bandejas de entrada (pero al menos con remitentes de lugares exóticos). Es una lástima que mis mejores despedidas trágicas hayan sido siempre en formato electrónico, sin el factor estomacal y poético del manchón de tinta, o la letra ininteligible por los espasmos de llanto incómodo.

Escribí el e-mail más triste de mi vida un invierno en Montreal. Mi teclado sufrió las consecuencias, y mis únicos testigos fueron la bandeja de entrada y el ratón debajo de mi refrigerador. Hotmail se tragó mis lágrimas, erradicó la constancia física de que una vez en la vida me desmoroné y sucedió por escrito. Y así lo ha venido haciendo, una y otra vez. No es lo mismo el performance de deshacer en pedazos un papel, una foto o un escrito, que el acto nihilista de oprimir Borrar. Para mí, ese botón en realidad dice “Nunca Existió”.


Pero no pierdo la fe. Tengo una caja vacía todavía.
Algún día, cuando tenga más tiempo y disposición, me daré a la tarea de armar mi ruta, e ir a recuperar todas esas cartas que desperdigué por todos lados y a toda esa gente. A mí me hacen más falta que a todos ellos. En realidad, esas cartas eran para mí. Para que un día recordara quién era yo, en las múltiples etapas de mi vida y en su máxima expresión, con faltas de ortografía y tachones incluidos. Y las guardaré en esa caja, y ya por fin dejaré de llorar por no tener nadie que me escriba ni tener algo de ellos.

Prepárate. Si tienes una carta mía, un día de éstos, no sé cuando, iré a reclamarla.

lunes, 8 de febrero de 2010

¿Misoginia en el Super Bowl? ¿Pero coooomo se te ocurre?

No, no acostumbro ver el Super Bowl. De vez en cuando se me atraviesa el medio tiempo, pero desde que Janet Jackson usa bra nada ha sido lo mismo en la televisión norteamericana.

Sí. Probablemente mi existencia en este mundo alimente el cliché de que las mujeres no apreciamos la belleza de los deportes de contacto físico. No entiendo nada de futbol americano; no voy por la vida fanfarroneando al respecto, me avergüenza un poco no saber por qué esos güeyes corren tantas yardas… pero no, no me quita el sueño averiguarlo. Que un montón de machos con hombreras se amontonen por un balón ovalado en prime time y ante los ojos del resto del mundo no afecta mi existencia.

El Super Bowl es el programa con más rating EN EL MUNDO. Por ello, los anuncios transmitidos en el tiempo aire del partido se elevan a cifras poco cristianas: 2.5 millones de dólares mínimo por 30 segundos de transmisión.

Uno creería que semejante cantidad obscena de dinero se usa inteligentemente. Que las mejores mentes creativas pasaron meses y meses a puerta cerrada, fraguando la mejor manera de contar una historia original en el tiempo especificado.

Pero, señoras y señores (drumroll…): ¿TREINTA SEGUNDOS DEDICADOS A EXPONER LA ESTUPIDEZ HUMANA MASCULINA?

Los spots de este año se distinguieron por exponer a la mujer como un objeto (indeseable en algunos casos) y estereotipar al amante de los deportes como un insensible y superficial. No digo que toooodos los fanáticos sean un montoncito de sentimientos, pero no son ni estúpidos ni creo que se sientan privados de su masculinidad por dejar grabando el partido e ir con la novia a comprar calzones kinkys.

Pero, al parecer, según los cánones publicitarios del vecino del norte, el hombre sólo necesita cerveza LIGHT, coches rápidos y chocolates para funcionar.

Ejemplo 1: Dodge Charger
Dodge Charger. Because women can go fuck themselves – Shauna Thomas.
La Revolución masculina se ha desatado, cuidaos, oh, viejas enfadosas que subyugan al cromosoma Y. El pobre hombre sumiso se ha levantado para declarar: “Sí, mi vida. Bajaré la taza del excusado, limpiaré los pelos del lavabo y te cargaré la pañalera… al fin y al cabo tengo mi coche mojado en testosterona para justificar mi hombría.”



Ejemplo 2: Snickers
Ok. Admito que éste me hizo reír. Betty White diciendo, “That’s not what your girlfriend said last night!” vale el haber perdido 30 segundos de mi vida en esto.




Ejemplo 3: Bud Light
Voy a sonar de lo más purista, snob y feministoide. Pero, ¿cómo diablos el pendejete usa Mujercitas de portavasos? ¿Y los incompetentes que escribieron este guión no pudieron siquiera checar en Wikipedia la sinopsis del libro? Los anuncios de Budweiser siempre me han parecido demasiado previsibles, superficiales y misóginos. Pero éste se voló la pinche barda. ¿En serio a los gringos les causa gracia verse reflejados como ignorantes clichescos que no pueden soportar la presencia de mujeres, a menos que haya cerveza en el panorama?



Ejemplo 3: Flo TV
Ahora resulta que el hecho de que seas tan sumiso como para acompañar a tu novia a comprar lencería cuando está el juego es culpa de ELLA. ¿No te gustan las obligaciones maritales? ¡No tengas novia, estúpido! Quédate a ver el juego con tus compas, llora, grita, celebra y besa tu camiseta del equipo… y no te quejes de tus noches de soledad con la portada de TVyNovelas como única compañía.




Ejemplo 4: Bridgestone
¿En qué momento a los hombres les dio por despreciar a las mujeres bien buenas? Pregúntome yo, ¿Qué clase de abstemio, ñoño, amante de Farmville celebra anuncios como este en el que los idiotas prefieren las llantas a una tipa vestida de cuero?




Ejemplo 5: Dove
Éste es el bueno. Me pongo de pie y me quito el sombrero… hasta los diez últimos segundos, por supuesto. Un anuncio que ejemplifica lo tremendamente difícil que es ser hombre de una manera original.




Ejemplo 6: Dockers
Going commando. La revolución masculina con cancioncita gay de musical.



Ejemplo 7: Motorola.
Sin comentarios.




Ejemplo 8: Focus on the Family/ Pro Vida Región 1
La creatividad publicitaria tiene sus momentos. Una madre habla de la suerte que tuvo al no abortar a su hijo… antes de ser TRACLEADA por él. “Timmy, don’t make me regret it!!!” Hmmm, ¿por qué no les dieron tiempo aire a Planned Parenthood también?



Es todo por hoy. Y recuerda... ¿Quieres conservar a tu hombre? ¡Aléjate de las llantas si no quieres que te boten!

Información adicional de avclub.com y univision.com

miércoles, 3 de febrero de 2010

Loading II (o En lo que Saco Algo Bueno Hay que Llenar Esta Madre)

(DISCLAIMER: el presente es un trabajucho pa' taller de escritura. Lo cual peca, al igual que todos mis trabajos escolares, de parchaduras de otros textos que he metido por aquí. Disculpe usté.)
La inspiración es un mal necesario. Es una vieja metiche que quiere exprimirte tus adentros y escarbar en las esquinas de tu mente que se te olvida que existen. Es la innombrable... nomás la invocas y la espantas. Es bipolar, voluble y le encanta hacerse la depresiva para los que se sienten poetas por tener el corazón roto y una pluma a la mano. Es compinche del insomnio, pariente del enamoramiento y el hambre, y detesta que la equiparen con la melancolía; su banda sonora son los violincitos trágicos y odiosos que escuchas en tus oídos cuando quieres hacerte el melodramático y desnudar tu alma y esas otras tonterías que a nadie más le importan.

La inspiración es imprudente. Como los estornudos escandalosos o el síndrome premenstrual. Te llega en los lugares y momentos menos adecuados: te saca del baño a que corras por una servilleta y una pluma, te desconcentra y te convierte en un desidioso y un inestable, te hace rodar por la cama a horas obscenas de la noche, demandando tu absoluta atención. Es posesiva y celosa, como una madre desocupada. Son voces dentro de las voces que, según Sergio Pitol, te obligan a levantarte de la cama, buscar una hoja y escribir tres o cuatro líneas. Tres o cuatro pinches líneas que son suficientes para quitarte el sueño. ¿Será mucho pedir que las voces nos visiten a horas adecuadas? Siempre será un amigo incómodo. Llegará cuando uno no la invite y se irá cuando más se necesite.

La inspiración es la relación perfectamente destructiva que buscan los que se creen artistas –esos que van por la vida buscando miserias porque no saben vivir de otra forma– y, como toda relación, exige atención y cuidado, sí, sí… como la metáfora estúpida de la plantita, el riego y esas mamadas. Deshecha a los novatos y los sentimentalistas llorones; ella sabe que el hecho de que te llegue no significa que sepas qué hacer con ella. Exige que la manejes como se debe, se apropia de tus quince segundos de genialidad, no tiene tu tiempo y no va a esperarte.

La inspiración, en el fondo, es una ofrecida. Selecta… pero ofrecida. Sí, sí es una paradoja posible, soy mujer, sé de esas cosas. Ella se deja con el que sepa usarla mejor. Se hace la difícil, pero le encanta la atención. Al final de cuentas, ella sabe la realidad de su condición: ella no existe sin ti, tus demonios y tu hoja en blanco.
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UPDATE: leí esta madre en mi clase. Mi maestro frunció el ceño y se tomó muy a pecho mi choro de los artistas llorones, sentimentalistas, maricas y demás sarcasmos que esta su servilleta se adjudica a sí misma. Al parecer, mi voz interna tiene acento más chistosón, porque en voz alta me entra el pánico escénico y arruino más mis escritos. ¡Quiero cojones!

domingo, 20 de diciembre de 2009

Bla existencial dominguero (es tu culpa, por hacerme esperar)

Je suis heureuse. I am happy. Yo estoy/soy feliz.

Benditos los idiomas que no le buscan distinciones a su estado de felicidad en la conjugación. La tienen segura. Ser implica algo intrínseco en uno, es indivisible, es, y punto. Estar es vivirlo de paso. Hoy sí, mañana quién sabe. Tener y perder luego. ¿Soy o estoy? ¿Es mío o me lo prestan? El español, junto con sus habitantes lingüísticos, se rebusca la vida haciendo divisiones que nos marcan la lengua y la vida. Quizá porque nuestra idiosincrasia castellana nos llama a hacernos bolas más de lo necesario. Palabras más, palabras menos, me perece cómodo echarle la culpa de mi crisis existencial de hoy al idioma.

Un tipo bastante curioso una vez me explicó su rimbombante teoría de por qué nuestro concepto sobrevalorado de felicidad no existe. “Es un error adjudicarle características que la palabra no tiene. La felicidad es un estado de ánimo, como cualquier otro,” me dijo, mientras enredaba sus dedos flacos en sus chinos. “La gente no ES feliz; la gente ESTÁ feliz.”

No tenemos permanencia. No la hay, no existe. Todo es transitorio. Hay muchas estaciones que pisar, y uno no puede quedarse en ellas mucho tiempo porque pierde el tren. La caducidad, la pinche caducidad de los estados de ánimo nos tiene condenados. No te aferres, no te acostumbres, porque se vienen otros aires que te tumban lo que construiste en tu zona de confort. No te apegues, no tiene caso.

¿En dónde cimbro, entonces? ¿De dónde me agarro? ¿O es tiempo de aprender a soltarme? Lo que creo expira. Mis teorías que me han salvado de la locura se están oxidando. ¿También la gente? ¿Tengo que mudarme siempre? Ser, estar. Ir, volver y terminar yéndome de nuevo. ¿Y esta vez a dónde?

Yo soy. ¿Pero dónde/ cómo/ cuándo/ por qué/ para qué/ para quién/ con qué/ con quién estoy?

sábado, 28 de noviembre de 2009

Swan song of the last believer (*suspira* ojalá fuera mío)

How to know when to cry out?
At the incipient prickle of doubt
mistaken for a subtle rise
in temperature? Or at the doubt
after that, threatening to affirm
your most miserable surmise?
Or when more insidious doubts start
multiplying - start to dance
and surge chaotically like sperm,
too speedy and paisley to chart?
Or on the first panicky glance
at the vast hall that once was crowded,
the barely hearable gasp and soft
stumble of the one beside you? when
the one beside you is suddenly not
beside you? When memory of that one
grows too distant not to be doubted?

-J. Allyn Rosser.
The Atlantic Monthly, julio/agosto 2009

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Taconeo, ergo sum

Soy mujer y escribo.
O escribo porque soy mujer.
No.
Soy mujer. Escribo. Ninguno es consecuencia de lo otro.
Pero, ¿es posible callar mi sexo?
¿O se lee entre líneas?
La fragilidad, el deseo
Las partes íntimas bañadas de letras
El fonema manchado de lápiz labial
Rojo. Rosa. Labios pálidos, entreabiertos
Bocas dulces y mordisqueadas
Susurrando en oídos extraños.

Soy mujer y escribo.
Pero mi voz quiere mutar y ser más ronca
Jubilarse del rastrillo
Y cambiar los tacones por las botas
Mi pluma puede esconder los holanes
Si me lo propongo.
Porque escribir, a veces,
Exige habitar otros cuerpos.

Pero, ya sé, te das cuenta
Me escuchas de puntillas detrás de la página
Soy demasiado cursi,
Demasiado fatalista
¿Para qué esconderme si sabes que soy yo?
¿Para qué me disfrazo y me matizo?
Si a nadie le importa
Si la mano que lo escribe usa medias o calcetines
Mientras le llegue a rincones del alma
Que no sabía que tenía

Soy mujer. Escribo.
No soy una cosa sin la otra.
No existo con una sola mitad.
No soy. No puedo ser.
Y no sé qué hacer.

martes, 24 de noviembre de 2009

‘Now that I’ve found you, I can stop looking for myself’/ Sarah Kane

Sometimes I turn around and catch the smell of you and
I cannot go on, I cannot fucking go on without expressing
this terrible so fucking awful physical aching fucking longing
I have for you. And I cannot believe that I can feel this for you
and you feel nothing. Do you feel nothing?
-4.48 Psychosis

Tú sabes mejor que muchos de la miseria del corazón jodido. Háblame. Cuéntame tus tropiezos, que debieron haber sido violentos, trágicos... como tú. Tú que cediste antes de tiempo. No sin antes vomitar la carta de amor más incomprendida y manoseada por la escuela de psiquiatría y el teatro experimental.

Dime quién fue. Qué te hizo.

Te envidio horrores, ¿sabes? Yo quiero que me arruinen de esa manera.

Que me trastornen el sueño, me quiten el hambre y me dejen en los huesos, seca, harta, hecha un saco de migajas y basuritas de Kleenex. Quiero que me arrojen a vicios inconfesables, que me hagan hacer barbaridades en lugares públicos y causar lástima en el baño de mujeres.

¿Qué se siente desvivirse así? Por alguien, por algo, por nada y por todo mundo. Es cierto. Todas nosotras validamos nuestras historias infelices con la mala memoria. Todas las volvemos importantes, a todas las fracturas queremos dejarles sus cinco minutos de fama, no importa que tan hondas o leves haya sido.

Tienen nombres y apellidos compuestos. Y es raro, pero todas dolieron lo mismo. El chico de uniforme gris y ojos grandes que te prestó su chamarra en la fiesta de primero y el tipo que te dejó desnuda y llorando en su cuarto te rompieron igual. Sentiste lo mismo cuando uno ignoró tu vestido nuevo en el festival de Navidad que cuando otro, nueve años después, te regaló una bagatela y se largó al sur.

Al final de cuentas no importa quiénes sean, ¿verdad?

Si todos sirven para lo mismo. Para joderte y exprimirte hasta la última hoja de elocuencias miserables.

The heat is going out of me.
The heart is going out of me.
-Crave

jueves, 19 de noviembre de 2009

Add Foucault and stir

Doxa. Episteme. Yo creo versus yo sé. Yo digo versus yo me apoyo en lo que otros dicen para decir lo que digo. Hay que llenar la bibliografía para tener credibilidad, y debo amontonar mis letras hacia arriba de la página para darle cabida a los pies de página.

Tengo envidia de la mala (porque no hay de otra) de esa gente citadora. ¿Cómo diablos le hacen para tener esa memoria fotográfica? ¿Acaso se fían esos malditos snobs de que nosotros los mortales no cargamos la enciclopedia para tirarles sus bluffs? ¿Qué clase de persona se machetea el calendario de Paulo Coehlo, esperando la plática de banqueta en la que pueda soltar su derroche filosófico de $250 precio Gandhi? ¿Y YO a quien cito para validarme? ¿Para que este YO sea tomada en serio?

¿Quién es este yo?
Yo. Soy….

Soy la ambigüedad consecuente de mis 22 años. Soy una antología de otros, de otras vidas y otras historias que no son necesariamente mías. Qué cosas. Ya no sé qué tanto de lo que digo es mío y que tanto me lo he robado. Bueno, lo tomo prestado. APA me obliga a admitir mi fuente en algún punto de la conversación. Y mi bibliografía casi nunca viene de fuentes académicamente respetables. A menos que las Vacas Sagradas de la Comunicación me dejen usar de fuente al panadero de mi colonia.

Doxa. Praxis. Yo lo digo versus yo lo hago. Yo lo digo porque lo creo versus tú lo dices porque lo viviste.

Mis frases célebres se las he copiado a gente de la que ya no me acuerdo. Si te conozco, te voy a citar. Porque yo soy doxa. Todo lo sé en teoría. Todo lo sé porque me lo dijiste. Y probablemente, en mis palabras, tus palabras suenan mejor, aunque yo no veo lo que tú viste. Prefiero llenar mi cajón de sabiduría de tus palabras a las de un fulano estructuralista que en el fondo no le creo.

Hay que agradecer por la gente con la que uno se topa y le deja un poco de cultura general. Doy gracias por el geek simpaticón de mis clases que lee Wired y me enseña cosas que en la vida investigaría, como que Google ya tiene su propio lenguaje de programación y qué son los fractales. Gracias a mi maestro de clase de los martes que me incita a leerme toda la biblioteca nacional del siglo XX. Gracias a Gracielita que se toma la molestia de utilizar construcciones lingüísticas que nadie usa. Gracias a Ángela y Charlie Moon por su traducción de Thompson para dummies, a Gaby y sus frases domingueras güeras, a los ociosos que cuelgan mantas en los puentes peatonales con frases inspiradoras, gracias a Elías que tiene la lengua más filosa y ocurrente del poniente de la ciudad… gracias a los extraños que han pasado con mi vida y me han nutrido de una conversación más original.

Soy doxa y busco tu episteme. ¿Me lo prestas?

domingo, 27 de septiembre de 2009

Adris en Dime poesía - Itópica



Escuchen mi entrevista en :

http://cid-ed47e537353cd44b.skydrive.live.com/browse.aspx/Programa%20de%20Radio%20Dime%20Poes%c3%ada (la del 24 d septiembre)

Gracias a Memo, Natalia, el buen Haroldo y a todo el equipo de Dime Poesía, que nos salvan a los melómanos del olvido!
La poesía nunca muere!
:)