lunes, 8 de agosto de 2011

Cuenta regresiva

Diez, nueve, ocho.
Diez días muertos y nueve noches en vela, con ochocientos centímetros de estambre verde, dos agujas, un cuarto de luna mordida, y tres tazas a medio tomar.


Ocho, siete... seis y medio.
Ocho kilómetros multiplicados por dos: la distancia de mi cama a la pista de aterrizaje que te traerá de vuelta, con siete dedos más de longitud de cabello, unos cuantos kilos menos y tres veces la sonrisa más amplia.



Seis, cinco y tres cuartos.
Seis cuentos restantes en mi libro de Keret, que llevo cinco meses leyendo.
Un cuarto lleno de ropa tirada que me niego a levantar; un cuarto de pastilla, un tercio del reloj para que den las 12 y se acabe un día más, para volverse un día menos que me queda por esperarte.



Cuatro.
Los días que te restan para venir a abrazarme.


Tres.
Los animales nuevos que tengo para tu colección de zoológico en papel.


Dos.
Las palabras que extraño decirte al oído, en la oscuridad del coche, con medio pie afuera y dos tercios de mi cuerpo aferrado al asiento.

Uno.

sábado, 6 de agosto de 2011

l'orage

Llueve.
Llueve y me acuerdo.
Llueve y me acuerdo de ti.

Hago inventario. Reviso entre los cajones de mi torcida memoria las mejores charlas que no hemos tenido, el montón de planes que no hemos ni trazado, las caricias que mis manos sufren por no haber hecho.

No sé.
No sé por qué.
No sé por qué me acuerdo tanto.

Si en nuestra historia no hay episodios con gotas merodeando por tu espalda, ni rocío entre los párpados. Hay tardes nubladas con tazas tibias, soles incandescentes entre pastizales, manteles amarillos y pan con queso.

Será.
Será porque te fuiste.
Será porque te fuiste cuando llegó la lluvia.

Y la humedad en mi ventana me recuerda que no estás, que aún no llegas. Y las tormentas habituales hacen las veces de verdugo imaginario. De calendario sin tachar, sin tu nombre en la lista de pendientes y fechas próximas.

Falta.
Falta muy poco.
Falta muy poco para verte.

miércoles, 2 de febrero de 2011

En llamas

Para los reporteros de Metro/Staff y Comunidad

La Ciudad anocheció en llamas. Anocheció con frío, con balas perdidas, explosiones y gritos de auxilio en plena avenida.

Siete puntos de Guadalajara enardecidos, siete heridas de concreto y metal casi al unísono, por una propaganda de narco violencia de rebeldes denominados La Resistencia.

Mientras yo dormía, la Ciudad se hizo un mar de lágrimas por bombas molotov caseras, resguardadas en envases de vidrio de Coca-Cola. Cayeron flashes sobre los rostros indiferentes de presuntos responsables de las explosiones de Periférico Sur y 8 de Julio, que se cruzaron de manos mientras permanecían sentados en una de las pick ups de la Policía. ¿Cuántos años tendrán? Menos de 19, juro que podrían tener 16. En el interior del coche colgaba un rosario y una imagen de Cristo Redentor.

La Ciudad despertó con miedo, con restos de cristal y cenizas, con helicópteros y sirenas. Nuestra banda sonora fue la intermitente voz de un radio gritando códigos, las lágrimas de mujeres horrorizadas y cuchicheos de teorías conspiracionales.

La Ciudad amaneció vacía y alerta. Mientras los periodistas esperan el comienzo a la rueda de prensa en la que los Presidentes Municipales, en conjunto con el Gobernador, pretenden dar la cara y una solución pronta y expedita, una charola de tamales perfuma el ambiente de Casa Jalisco. Cierto, es 2 de febrero. La inminente guerra que ha llegado a la orilla de nuestras casas no frena ni las más sacrosantas tradiciones.

Jóvenes se han organizado, gracias a la inmediatez apabullante de la interfaz, para sacar al vapor una marcha. Jóvenes murmuran en los pasillos la indignación que les provoca la situación, pero que “les da miedito” ir a la manifestación de la tarde. Las fotos de perfil de Facebook se han vestido de blanco en mediática solidaridad, los cibernautas tuitean furiosamente sus condenas al Gobierno Vendido, insultos al Exmo. Gobernador se desparraman con senda ausencia de originalidad, atribuyéndole su alcoholismo, su mochés, su valemadrismo… toda la semana, cerraremos nuestras puertas y subiremos nuestros vidrios, abordaremos el camión con desconfianza, hablaremos ad nauseam de la Impunidad Gubernamental y los Pendejos Desobligados de La Resistencia, y luego…

¿Y luego qué?

sábado, 29 de enero de 2011

Disculpe usté la tardanza

Con todo lo que he escrito en estos últimos dos meses (lo cual, a menos que sean lectores ávidos de los vistazos de Primera Fila, seguramente no han visto), es increíble que me sienta tan desprotegida ante esta página en blanco y su cursor intermitente. Viene y va, viene y va. Cada vez que reaparece en la primera línea vacía me dice, a ver, pendeja, escribe algo ya o ciérrame de una vez.

Tengo la cabeza llena de anécdotas intrascendentes, de esas que me encanta venir aquí a poner en la mesa. Porque, a falta de experiencias excitantes, tengo vivencias trepidantes y esclarecedoras en la entrada de los Oxxos, con homelessitos y mamavans.

Al final de cuentas, de ahí saco la sabiduría infinita de la humanidad: de sus peores manías y sus trivialidades en los supermercados. Dios bendiga a todas las señoras fodongas que se cruzan en mi camino, los buchones de Bugambilias, los frezapatistas itesianos y los hipsters con pantalones perturbadoramente entallados.

Estos dos meses he tenido epifanías de la condición humana en lugares tan comunes como éstos, y con ejemplares bípedos tan afortunados como los ya mencionados.

Pero no puedo escribir una sola palabra.

Como que he perdido la facilidad de vomitar quejumbrosidades. Cuando uno cuenta con menos tiempo, se encuentra a sí mismo llenando los escasos minutos de sobra con cosas más productivas que escribir sobre sus desgracias.

Es que es ése mi problema. De momento me he quedado son desgracias qué contar. Y este espacio, muchas de las veces, ha sido mi bote de basura emocional, y de repente no hay nada qué tirar.

¿Me habré arruinado por ser feliz?

Nah. Al final de cuentas, me estoy quejando de ser afortunada y no poder escribir ni una puta palabra.

Porque no estoy acostumbrada a escribir cosas felices. No sé cómo venir a contarles a mis dos lectores y medio de la fascinante experiencia de escribir caracteres por encargo sobre changarros hipsters en la Zona Metropolitana de Tapatilandia. De tener pláticas profundas con RPs de antros, acostumbrarme a tomar infusiones para la panza y llenar el corcho de mi cubículo con pendejaditas coloridas que lo hacen más hogareño. Tengo un montón de confesiones que hacer de mi cursilería de clóset, que está rejega porque la reconozca como legítima hija mía, y la saque a pasear a la calle con la frente en alto.

Adris is back. Tal vez un poquito menos agria. Disculpe las molestias que esto ocasione.

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Joy to the world, the Lord is gone

Aunque no siempre tenemos motivos para ser felices, hemos perfeccionado las molestias que nos permiten saber que, cuando todo eso se termine, seremos felices.
Villoro, my love

Nos colocamos en un lugar estratégico de la sala; el que ofrece una vía rápida al bar, con la reluciente botella de Etiqueta Roja guiñándonos el ojo desde la esquina. No es nuestra favorita, pero cura los males igual, con la dichosa venda de la ebriedad en los ojos y la sonrisa fácil ante cualquier comentario incómodo.

Esta noche no acostamos al Niño. No hubo participación estelar de la tía Fulana con su consabido “¿Recuerdan a quién festejamos hoy?”… la tía Sutana dejó la guitarra intacta. No sonaron villancicos. Un verdadero milagro navideño. Aleluya.

Nos concentramos en beber, y todo se hizo más fácil. Ella pudo olvidar a su padre, dormido en el estudio por el exceso de tequila rebajado con soledad. Yo ignoré la silla vacía, el constante recuerdo de vivir partida en dos fragmentos irreconciliables. “Las obligaciones de hijo de padres separados”, dijo mi hermano con agria elocuencia.

Ni ella ni yo vimos el fondo del vaso. Engullimos el pavo desabrido con sendo placer. Llenamos el cenicero de la terraza y hablamos de tonterías más felices que lo que nos esperaba ahí adentro, a la orilla del árbol cargado de esferitas. Las bromas irreverentes del tío Mengano sacaron más de una risa nerviosa y por compromiso. Ella y yo nos carcajeamos con disoluta felicidad. Agradecimos esos minúsculos destellos de verdad entre todo ese circo de formalidades insufribles.

Odio la Navidad. Porque sólo se puede detestar así algo que se amó tanto. Algo que suponía el epítome de la felicidad, los dedos hinchados en clase de guitarra para poder tocar los villancicos con mi guitarra cuarteada, la emoción católica e ilusa de sostener una figurita de porcelana de un niño encuerado y con rasgos incómodamente femeninos. El vestido de crinolina bordado por mi madre, el sonido de fichas de dominó y las carcajadas de mi padre, del otro lado de la sala. Ah, la bendita ignorancia de la niñez, el amor desmedido a los árboles navideños despelucados y disparejos era todo lo que se necesitaba.

Hoy hacen falta más botellas.

Es más sano adormecer mi sacrosanto odio con Juan Caminante y observaciones antropológicas en mi mente. Ya no escondo lágrimas estúpidas en el baño de visitas. No hace falta, porque no siento nada.

Así que llenamos nuestros vasos, ella y yo. Brindamos por nosotras y nuestro silencio, y nos reímos como nunca lo hemos hecho en todo el año. Porque ya casi la libramos, un año más, ilesas.

miércoles, 22 de diciembre de 2010

Oooooooh, pinche Navidaaaad...

¡Buenos días, alegría! ¡Buenos días, Tapatilandia querida, embarnecida en más de 100 puntos del IMECA, con papeleras del Centro Histórico sin bolsa, y temperatura calurosa, gracias a la capita natosa de smog!

Buenos días tengan ustedes, pendejos al volante, con sus listas interminables de regalos por compromiso, sus cajuelas rebosantes de canastas de La Playa y Goiti. Buenos días a sus hijos, que lloriquean por un XBox y una Barbie con bubis firmes, mientras exigen que les repitas OTRA VEZ el villancico de Rodolfo. ¿No le han confesado por qué tiene la nariz roja? No es por inhalar dulces...

Buenos días, estacionamientos colapsados de las plazas. Buenos días, semáforos sincronizados de López Mateos frente a Plaza del Sol. Buenos días, carros ridículos con cuernos del año antepasado. Hola qué tal, ñoños con espíritu navideño y la versión ochentena de Blanca Navidad, entonada por Daniela Romo, en sus bocinas. Ojalá se les atore el casette en la grabadora.

Muchos días de estos, estimados dependientes del Starsucks de Santa Rita, que ya se acuerdan de mi cara y me hacen plática mientras yo tamborileo los dedos en señal de desesperación. Buenos días, encargado del estacionamiento, que se compadece de mi falta de gafete y por las mañanas me deja estacionarme adentro.

Saluditos amorosos a mi pobre Minerva, con sus guirnaldas luminosas y su agua verde. Al olor a pan de la calle Prisciliano Sánchez, sus hipsters en bicicleta y sus perros levantando la pata trasera en cada árbol. Abrazos apapachadores al franelero de la calle Tizoc, que me saluda efusivamente desde el camellón, aunque no me limpie el vidrio.

Un beso tronador al chocolate caliente sin azúcar “Hermanas Vivanco”; a los churros La Bombilla que abren el 25 de diciembre, a la quietud que prometen los días de 26 al 31, con la soledad en sus calles y el silencio en sus banquetas.

Un shout out a mi Jefe Diego, que jubiló a la afeitadora y, al parecer, tiene el síndrome de Estocolmo, o es neta rete guadalupano, o de plano trae una estrategia política mamona. Aris, Totelín, my man, mi homie, smooches... Urrea, Viva Las Vegas, ¿cómo sigue tu mujer? Vielmis, tus anuncios del Primer Informe… awesome. UDG S.A. de C.V., ¿cómo va esa cartita al Niño Emiliodios? ¿Más parones, marchas, acarreados con silbatos y días de asueto para sus muchachos? Exmo. Gobernador… ugh, qué asquito, a usté no le digo nada.

Buenos días y felices fiestas a mis amados perros ambulantes, desprotegidos y cojos. Ustedes son lo mejor que tiene esta ciudad… junto con las tortas Héroes, las morras voluptuosas de Metro, y los agentes de vialidad honestos.

Buenos días tengan todos ustedes, dos lectores, que perdieron cinco minutos de su vida leyéndome. Los amo con desenfreno. Ya dejen de procrastinar y pónganse a hacer algo.

No se crean. Lean, lean. Aún me quedan muchas tonterías por estornudar.

Ah, y se me olvidaba…

¡Buenos días, Legionarios de Cristo! ¿Ya escondieron sus estampitas de Nuestro Padre?

lunes, 20 de diciembre de 2010

Jingle fucking bells

Se me ocurre que esta Navidad será un poco menos triste. Que no será tan necesario huir a la terraza a llenar mis pulmones de tabaco adulterado cada media hora, ni ocultar el fondo del vaso con dosis cuantiosas de whisky. Que pondré mi mejor cara de estúpida y sonreiré hasta que las comisuras de los labios se me entuman… por el uso o por el frío, da igual.

Se me ocurre que el calendario se volverá la extensión de mi mano derecha y tu mixtape, los mejores audífonos a prueba de villancicos. Que deambularé por las calles y cada vez que maldiga a una señora al volante o me cuadre ante la pickup de un buchón mientras lo insulto con los vidrios arriba, lo haré en tu honor.

Me encerraré en la seguridad de mi cubículo sin teléfono y sin bote de basura, subiré el volumen a la canción de Lovin’ Cup y me enteraré de primera mano de la nota roja de Tapatilandia y sus descuartizados; moriré de antojo al intentar describir en escasos 400 caracteres con espacio las delicias y bondades de unos tacos de barbacoa acompañados de consomé y chiles güeros asados…

Me empinaré dos tes de fresa al día y un Nescafé Capuchino de sobresito, masticaré chicle y saldré a fumar más de lo necesario al estacionamiento. Evitaré toparme con la máquina de refrescos y papitas. Miraré con odio lujurioso la canasta de buñuelos, madrearé las piñatas con sentimiento y regresaré a mi casa a soñar con caracteres, Minervas verdes y playeras de rayas.

Se me ocurre que esta Navidad será igual de triste. Tal como lo fue la pasada, y como lo será la siguiente. Porque así es siempre, y hay que sacar la mejor coraza para sobrevivirla: mi mejor amigo Juan Caminante, y el alivio de que, una vez que se acabe, faltarán 365 días para que vuelva.

martes, 23 de noviembre de 2010

La pinchi vida con sus pinchis chistecitos

Para el tránsito alcahuete de Vallarta y Juan Palomar y Arias, la señorita de Laboratorios Julio que me dejó recoger mis fotos sin ticket, y el dueño del Café Madrid, que me dio un buen tour fotográfico y un café gratis.

A la vida le encanta joder. Le encanta tirarte el café en el trabajo final que llevaste a las 9 de la mañana a Mariano Bárcenas esquina con Hidalgo a empastar, llevarte al ÚNICO Office Depot en toda la Zona Metropolitana de la Benemérita Sociedad de Tapatilandia en el que NO imprimen fotografías, descomponer tu USB, y que te toque la dependienta más neanderthal de toda la franquicia de Laboratorios Julio.

A la vida le encanta ponerte el pie para que tropieces, para que si te da la mano después, la veas como una reverenda santa. Te pone un elemento de vialidad en la esquina de Vallarta y Juan Palomar y Arias, que te sigue hasta la entrada de La Gran Plaza, se baja y te suelta el tonito condescendiente con un “¿Qué pasó señorita? Se dio vuelta en U prohibida”.

Ah, pero luego, la vida te afloja las glándulas lagrimales y nasales, para que le berrees al azulado, y de tanta mucosidad no puedas ni explicarle tu conflicto existencial intrascendente: te quedaste sin coche, rogaste por uno prestado, te levantaste a las 7 de la mañana a terminar tu trabajo que ibas a ir a empastar, pero se manchó de café por tu vuelta policiaca en el estacionamiento; fuiste hasta el centro a tomar fotos, y te atoraste en el tráfico de regreso; ya perdiste una clase importante en la que tenías que entregar un avance de tu trabajo final; te has parado en cuatro centros de impresión sin éxito, y tienes media hora para imprimir 250 fotos, o si no, tu maestro/diva del CUAAD te pondrá tu primer nota reprobatoria en tu carrera universitaria.

Por supuesto que al tránsito le vale una pura y dos con sal tu chistecito. Felipe (se te ocurre que así podría llamarse el individuo de bigote chistoso) de seguro tiene una esposa con el calzón retorcido y un par de niños con sobrepeso a los que tiene que mantener con el sueldo base y mísero de esta administración panista; tiene que pensar en la hipoteca de su casa, la cuenta de la luz, el agua que no llega a su colonia, su compadre Pancho que recibió una bala perdida ayer en el siniestro de López Mateos y Periférico, en el que tres individuos fueron asesinados. Felipe tiene la obligación institucional de pedirte tu tarjeta de circulación (que no traes porque el coche no es tuyo) y tu licencia (que está vencida desde hace tres meses).

Pero Felipe se apanica con tu lagrimeo. Eso, o nomás le das lástima. Felipe te da un sermón paternal de la seguridad vial y la responsabilidad al volante, le da una palmadita a la puerta del coche y se va con su libreta de multas en blanco.

La vida te hizo el paro con un agente de vialidad que estaba en un momento sensible (y que no se animó a pedir mordida para la Navidad de su señora apretada y sus mocosos).

Ándale pues, nomás quería hacerte renegar poquito, dice la muy méndiga. Nomás quería hacértela de emoción un ratito, pa’ que en serio sientas la adrenalina de finales de semestre. Te dejé sin coche, sin fotos y sin calificación en tu clase de Cine Mexicano, pero te puse un tránsito medio corrupto, y hasta pa’ tu favor. Feliz Navidad adelantada, pinche llorona.

jueves, 11 de noviembre de 2010

/Staff

Levántate. Ponte esos tacones y ni se te ocurra patinar por el maldito pasillo enorme, brillante y pulido que se extiende entre la recepción y la oficina del jefe. No vaciles entre los cubículos, míralos a todos y sonríe, pero no demasiado, que te ves medio hueca… no, mija, tampoco tan seria, porque luego van y dicen que eres una apretada. Ya veeees, como se te da esa famita…

Mira que quererle hablar de usted hasta a la de recursos humanos, que tiene tres años más que tú. Mira que pedir permiso hasta para ir al baño, y vacilar ante el sonido del teléfono. Mira que… mira. Quien te viera tan volada; ni tienes derecho a cajón de estacionamiento, pero te sientes en las nubes con tu tarjeta de acceso, que pita en cada puerta que vas cruzando. Es como jugar a la empresaria, como si cargaras el portafolio de tu padre y te embarraras el labial de tu madre. ¡Ja!, si no estás tan lejos… hasta tienes que pedirle la ropa prestada a tu madre, porque no tienes aún ni una garra decente que ponerte, de acuerdo a la política de vestimenta.

Levanta la vista del cubículo. A ver si dejas de faltar tanto por tus muelas de juicio y tu rinolaringitisnosequepitos, y tus achaques que arruinan esta buena racha descomunal. Porque, a quién vamos a hacer güey, a ti eso de tener buena suerte te llega como los años bisiestos. A ver si te tragas el méndigo pastillero de una vez y te alivias, que tienes un mes de trabajos atrasados, dos semanas de rezago en tu puesto ficticio soñado, y un señorito programador que espera poder abrazarte como se debe cuando regrese de trepar su cerro.

Mientras tú… uff, mientras tú juegas a la mujer ocupada, tardas dos horas en lograr pintarte las uñas sin salirte de la rayita, te das unos cuantos tijerazos una vez más, te acomodas el saco, hojeas tu libreta estilo Hemingway que tanto ansiabas poder estrenar, y te lanzas al ruedo de las softnews como si realmente fueras la quinta maravilla… y apenas una nota te han publicado, pero si hasta quisieras enmarcarla junto a los diplomas de poesía de los noventa, que quién sabe por qué diablos tu madre no ha tirado de una buena vez.

Levántate. Ponte esos tacones. Sonríe... sí, sonríe, reverenda obtusa; tienes un cuarto de pie adentro del lugar que tanto sueñas por pertenecer.

lunes, 25 de octubre de 2010

Quiero, quiero, quiero

DISCLAIMER: la primera versión de esto tenía un tono muy distinto. Pero ya me pusieron de buenas, pues’n… :)
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Quiero encontrar el tapete frontal perdido de mi coche destartalado. Quiero volver a comer como la gente normal, y no seguir refugiándome en el bote de nieve bajo en calorías a horas non sanctas de la noche. Quiero dejar mi adicción a las tijeras (y mi tía quiere que ya no deje mechones de pelo en el lavabo), dejar la desidia y parchar esas llantas para ir a pedalear por la Vía RecreActiva.

Quiero volver a tenerle amor a mi sacrosanto tiempo de meditación sudorosa en el gimnasio. Volver a sentir la satisfacción de haber escrito una canción apachurradora de ánimos, volver a reír sin comprimidos, y llorar a gusto y con el diván a distancia. Quiero reportear como desaforada y escribir softnews delirantes, porque estoy plenamente convencida de que la literatura de baño nos sacará de la miseria nacional. Quiero un corcho personal en mi escritorio para llenarlo de tonterías sentimentales que indican que un puesto de trabajo es tuyo, tuyo, todo tuyo (aunque ni lo es, querida ilusa), y quiero el delicioso movimiento de mi mano temblorosa, aferrada a la grabadora que registra chaquetas mentales de un rockstar de cochera.

Quiero dejarme de estupideces mentales, existenciales y preconcebidas, para poder abrazarte a medio pasillo y besarte a media calle. Quiero más reuniones post-clase y pláticas triviales en el estacionamiento, antes del odioso momento de tener que bajarme de tu coche. Quiero flores y velas (citando a Feri, of all people), que me sorprendas, me quites la paz y el hambre (esa urge), quitarte yo el sueño todas las noches y llenar tu mente de esas canciones que, como buena currrrrsi closetera, elijo los viernes para ti.

Quiero dejar de decirte cosas hirientes para tapar mi vulnerabilidad. Quiero más películas del cineforo, libros, post-its, mensajes de texto y café en cantidades peligrosas. Quiero que vuelvas a limitarte a contemplarme, que nadie te lo ha prohibido. Que me tomes de la mano en la calle y vuelvas a detenerme a medio paso como lo hacías antes. Quiero que sea Chapala todos los días, que llegues a la hora que dices, que no se te olvide abrirme la puerta y que te lleves con mis amigas de una buena vez.

Te quiero conmigo como vengas, como salgas y con todos tus berrinches, tu carácter y tu esnobismo musical impenetrable… y quiero que me quieras contigo con todo y que me fascine la Gaga, se me bote la canica cada tercer día, repita vestidos, olvide la fecha exacta de tu cumpleaños y tenga hora de llegada en mis casas, y, como decía el buen Sabina, lo que yo quiero, muchacho de ojos tristes, mochila Chenson y pelo alborotado (adición nuestra sin permiso del autor, of course), es que mueras por mí.

martes, 19 de octubre de 2010

No mames, güey, no seas culero, güey, vamos por unas chelas, güey

Sentarse en la Plaza de los 50 Años del ITESO es un suplicio para una mujer sin audífonos. Un reverendo suplicio. Invariablemente, hay que compartir la mesa con un ingeniero, que junto con sus compas destruye el lenguaje de Cervantes, recitando las diferentes conjugaciones y derivados de chingar, llamándole güey hasta a su madre, y agregándole el adjetivo pinche a cualquier sustantivo que ose cruzarse por su lengua.

Todos son cabrones, pendejos, putos y viejas rete culeras. Demeritan de maneras impensables su miembro masculino, usándolo como adjetivo, pronombre, adverbio… todo mundo se las croma, pero, bueh, al menos en espíritu, a los pobres.

Todo tiene doble sentido y referencia directa con alguna posición sexual (la cual, de seguro no han probado en su chaqueteada vida).

Hay que soportar sus chistes obscenos que, para colmo, son malos, misóginos, y excedentes de altisonantes. Hay que escuchar con paciencia budista OTRA más de sus pedotas y la pinchi vieja que me agarré, güey. Pueden hablar animadamente por cuarenta y cinco minutos con punto y coma y santo y seña sobre cada detalle inútil de sus crudas y sus coches. Y YA. No hay más. Se despiden cual homies en su barrio, y planean en su apretada agenda OTRA sacrosanta ida por unas chelas.

Los ingenieros del ITESO (no, ya sé, no todos, pero sí más de los necesarios), a falta de léxico, coeficiente y buenas cogidas, arruinan lo sabroso de maldecir. Son un asco con sobrepeso y déficit de sustantivos, que ojalá sean siempre presa de los retenes, los abusos de poder del cuerpo policiaco, y las mujeres apretadas.

viernes, 15 de octubre de 2010

¿Ves? ¿Ves lo que hiciste?

Se me acaban los pretextos para escribir canciones tristes.
Se me acaban las palabras
Los puntos
Las comas
El aire
Los comprimidos, el asco y la euforia artificial.
Se me acaban y es ahí donde empiezas tú y todo lo que me quita el sueño.
Y doy trescientas vueltas en la cama, miro el reloj con religiosidad y cuento horas…
Ya no cuento días.
Que pinche buena suerte.

Y me duele la boca de tanto sonreír.
Me duelen las manos, los oídos, las ganas, me duele el abismo vacío y gélido que está en la palanca de velocidades, el pelo encima de tu nariz, me duele la página 365 de El Manantial, el Espantapájaros 18 de Girondo y los primeros cuatro acordes de Slow Dancing in a Burning Room.
Me duelen las pestañas de obligarlas a no parpadear, porque me pierdo de milésimas de segundo, de milésimas de un gesto y milésimas de tiempo acumulado que no tendré que volver a esperar.
Que pinche buena suerte.

El secreto está seguro.
Sólo tu perra lo sabía todo…
Tú, yo y el pretil de la cocina.
Y la maldita puerta de tu coche.
Y la esquina de Viajes Prego.
Y un cuarto de los cafés de Guadalajara.
Y nadie más.
Creo que también el viene-viene del Rusty, ¿pero qué importa?
El secreto está seguro con él también.
Que pinche buena suerte.

No puedo concentrarme en escribir por encargo.
No puedo comer, no puedo pensar, no puedo hacer más que llenar mi mente de Belle and Sebastian y besos escritos en mi pantalla.
No puedo alegrarme de por fin haber encontrado el vestido perfecto.
De haber hallado unos tacones cómodos para no azotar y un collar cargado y aparatoso como me gusta.
De no parecer ballena jorobada enfundada en un montón de holanes color hueso y zapatos de bola de disco.
No puedo alegrarme porque no estarás aquí para verme.
Que pinche mala suerte.

sábado, 9 de octubre de 2010

Ad Nauseam II

Hay una línea frágil y escurridiza en el agua. En la tormenta interna y el millar de neuronas que luchan, abrazadas al peñasco de la cordura, por mantenerse a flote.

Es tan fácil dejarse ir.

Hay goteras en la esquina derecha del cerebro. Splash. Splash. Drip. Drip. Alguien toca la puerta. Pum. Pum. Ding. Dong. Déjame entrar. Anda. Déjame llevarte conmigo.

Hay un diluvio universal en la orilla del escritorio. El agua me llega a la nariz, pero no me muevo de la silla. La tormenta se vuelve nada si me hundo. Enmudece allá abajo, donde el vacío amortigua los golpes y la luz no deja trazos azules del agua. Donde no veo nada y no oigo nada y soy yo sin nada ni nadie. Donde no soy nadie.

Es tan fácil dejarse hundir.

Fluoxetina y Olanzapina se juegan un chin guas pul por mi cabeza. Quien pierda se quedará con las hojas membretadas, para hacer barquitos que naufraguen en el remolino del excusado. Quien gane descompondrá la báscula, tapará todos los espejos y conseguirá un buen corrector para las ojeras. Me subirá a un par de tacones. Me pintará una sonrisa chueca y me obligará a caminar erguida. Me soplará al oído las frases básicas para mantener una conversación, me hará reír estrepitosamente y me dejará hundirme en las cobijas todas las noches, exhausta, hambrienta, sedada, jodida, para levantarme la mañana siguiente y subirme a otro par de tacones, volver a caminar erguida, volver a sostener conversaciones, volver a reír con descaro, volver al hueco de las sábanas, y volver a salir a la calle, a hacerlo todo, todo, todo una y otra vez, y otra y otra y otra más.

Es tan fácil dejar de fingir.

sábado, 2 de octubre de 2010

Adióoos, chula

A las ocho de la mañana y a media Plaza de la Liberación del Centro Histórico, un hombre me intercepta con la trillada y bien consabida frase de acoso sexual soft-core: “Adióoooos, chula”, seguido de un, “¿por qué tan seria, mamacita? ¿Amaneciste de malas?”. El hombre, que no puedo describir porque procuré no mirarlo, me siguió cinco pasos. No sé por qué temía más, si por mi castidad o por mi computadora colgando de mi hombro.

Al cruzar la calle para tomar Pino Suárez, un hombre, cuyo brazo se desborda de la ventana de su pick-up, me manda un beso tronador y sonríe con satisfacción al ver que lo ignoro.

Al llegar a Independencia, busco el edificio en el que tengo mi cita… y la puerta está después del Registro Civil, en el cual hay (no miento) cinco hombres con playera golpea-esposas leyendo El Tren, recargados en fila india frente a la banqueta. Admito que la Adris ranchera pensó en cambiarse de banqueta… pero no lo hago. Soy una mujer del siglo XXI, con todo el derecho de pavonearse con la frente en alto frente a gañanes con los pozoles de fuera sin recibir un solo ataque, porque soy lo suficientemente tolerante (y estúpida) para alejarme del prejuicio de su facha.

Respiro hondo y cruzo el corredor de linchamiento… no me chiflan, pero siento sus ojos clavados en el espacio entre escote de mi blusa y mi cara, y cuando logro pasar ilesa, volteo para atrás para confirmar que están investigando si traigo la cajuela cargada (thank you, Fergie, por la metáfora corriente).

Saliendo de mi cita, me digo, ¿por qué no? Vamos festejando este pequeñito triunfo de mi vida profesional con un poco de azúcar. Me instalo en una de las mesas fuera del Café Degollado, y pido un americano y un muffin de nuez. Exquisito. Prendo un cigarro, bebo, chismorreo de la plática de un par de burócratas de la mesa de junto, y observo a las personas que pasan frente a mí. Veo mujeres con tacones demasiado altos, que caminan con torpeza, y hombres que van hacia el otro lado y dan un vistazo hacia atrás para verlas. Mi distanciamiento del prejuicio es medianamente correcto; no por tener facha de albañil eres el único que sabe eso de las miradas lascivas… un hombre de traje hablando por celular casi le da tortícolis por seguir la trayectoria de una secretaria con unos pantalones un tanto entallados para su voluptuosa figura.

Estoy a punto de pedir la cuenta, y un vagabundo que pasaba por ahí se acerca a mi mesa y sin mirarme ni decirme nada, acerca la mano y se lleva dos sobres de azúcar. Es el primer hombre de la mañana que no me da miedo, pero el mesero lo corre con violencia e insultos.

“Te asustó el huey, ¿verdad?” La condescendencia me duele en los oídos al escuchar al mesero, mientras le pago la cuenta. Reconozco esa mirada. Toda la mañana me miraron como pedazo de carne, y ahora este tipo de acento raro me ve con burla.

Me dice que es de Montreal, que él ama el Centro Histórico, que ama todos los centros de las ciudades y que no entiende a esas mujeres tapatías fresas que no les gusta caminar por aquí porque les chiflan o les piden dinero.

“Son inofensivos todos”, me dice, “me gusta eso del mexicano, sus peropos.”

No me molesto en corregirle al francocanadiense éste. No le digo que nadie adora esta puta ciudad jodida como yo, ni que una cosa son piropos, y otra muy distinta el acoso. Hay que llamar a las cosas por su nombre.
Porque nunca va a entender. Ni él, ni muchos hombres, ni incluso miles de mujeres. Que es ignorante y tercermundista decir que son ‘inofensivos’ sólo por el hecho de que se quedan en palabras y miradas. No necesitan tocarme para que yo me sienta invadida. No tienen ningún derecho de mirarme y hablarme así. Ni uno solo. Y el primer error de una mujer es ignorarlo, hacer como que no escucha o como que no ve. El segundo es hacer todo lo contrario; hacer una seña, gritar un insulto o cualquier otro tipo de provocación puede ser peligroso.

La única opción es hacerle ver la mierda de ser humano que es, tolerando la ofensa de frente. Al menos para quitarle la satisfacción de que ha cumplido el objetivo de intimidarte.

La próxima vez que un imbécil me grite algo en la calle, lo voy a mirar directamente a los ojos.

miércoles, 29 de septiembre de 2010

El hubiera (no) existe

En la semana 21 de mi agenda del 2009, en Periférico y López Mateos Sur, en la defensa de una de las pipas de Pemex que transitan por esta ciudad, en el espacio en blanco de una lista de reproducción musical aún sin crear, en el pinche cerro de Tapalpa con el pinche frío y una pinche chamarra que no era mía, en el patio recién llovido de la casa que me ha visto huir y regresar tantas veces a los mismos brazos que nunca se extendieron para alcanzarme, en el asiento trasero de una van del 93, en otra plática inconsecuente sobre Alanis Morissette, en las curvas de la carretera de cuota, entre la borrachera con palabras de demás y el café en cama del día siguiente, en un silencio incómodo frente a platos sin lavar, en el fondo de una taza vacía de Nescafé Clásico, en las cenizas de la fogata y bajo una manta cutre para resguardarse del frío mientras miramos las estrellas y hablamos de todo y de nada y me pregunto de dónde diablos saliste…

… está el principio del fin del principio de todas mis noches sin dormir.

Y nos preguntamos, sentados en el mismo lugar en el que nos vimos las caras hace siglos y siglos y días y días, antes de que todo esto se volviera tan rebuscado… ¿qué hubiera sido de nosotros si no nos hubiéramos conocido?

Tú habrías sido taxista bicicletero del otro lado del charco. ¿Yo? Hmmm… muchas, muchas cosas. Habría usado todo el verano para terminar ese libro quesque dije que escribiría; habría terminado mi lista de películas por ver, mi pelo habría medido unos cuantos metros más, y probablemente no habría escrito tantas canciones inconclusas.

Sí, tal vez nunca hubiera puesto un pie en un gimnasio, ni hubiera subido kilo y medio por una mísera rebanada de pay de limón aderezada con lágrimas. Hubiera seguido plácidamente mi existencia sin Ayn Rand y nunca le hubiera intentado dar una segunda oportunidad a Belle and Sebastian. No habría acosado a José Emilio Pacheco en la FIL. No suspiraría tanto con John Mayer, y estoy convencida de que dejaría de hacer esa estupidez de dejar que mi parabrisas se atasque de lluvia antes de limpiarlo.

No tomaría café molido. Habría dejado a Benedetti de una buena vez en paz. No escribiría en este espacio tanta cosa tan dramática y sentimentaloide. Seguiría ignorando la mitad norte del mapamundi, y no me habría atrevido a bajar música ilegalmente. Eventualmente, pasado mi drama del año pasado, habría seguido adelante, y me habría topado con un ingeniero industrial del Tec que jamás hubiera oído hablar de Cortázar ni hubiera encontrado divertido limitarse a contemplarme, y le gustase eso de irse formal al trabajo.

Habría llorado menos. Habría sonreído menos. No existirían las "instrucciones para leer un correo electrónico esperado". No vería a las hormigas gigantes con ternura, ni habría escuchado a Elliott Smith. Tampoco habría conocido a una perra sorda y metiche, ni tendría esta fascinación por la pasta carbonara y la media luz. Fumaría más. No se me apachuraría el corazón en la mitad de esta ciudad caótica y desangelada.

Es bueno conocerte. Es bueno saber que existes.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Dices que tienes 20, cuando tienes 23

El autor de trilogías de culto en el geekdom gringo, quesque filósofo y Papa del Discordianismo (agnosticismo?) del siglo 20, Robert Anton Wilson, escribió en 1977 un artículo en el que confesó que el primero en creer en el enigma del 23 (base de su trilogía más famosa, Illuminatus! y paranoia por el resto de su vida), fue el escritor William S. Burroughs.

Resulta que todo todo todo todo tiene que ver con el número 23. Todo lo que sucede en nuestras vidas –las tragedias, los eventos desafortunados y las malas decisiones actorales de Jim Carey– tienen al número 23 o un derivado del mismo. Burroughs le contagió esta paranoia matemática al escritor en 1965, de ahí pa’l real, la cosa se puso seria. Una trilogía, terapia y mucha pérdida abundante de cabello después, Wilson se dio cuenta de la inminente realidad: su vida estaba condicionada por el número serial de doble dígito y premisa de novela de ciencia ficción.

Así que ahora haremos el experimento paranoico à la Agris style:

Papi y mami se casaron a los 23 años (creo) y contribuyeron con 23 cromosomas cada uno para que yo existiera. Iba a ser la tercera, pero terminé siendo la segunda (2 y 3: 23). Nací un 20 de septiembre, pesé dos kilos y medio, pero por la sabanita cursi patrocinada por el hospital, agreguémosle 500 gramos más (20+2.5+0.5=23).

A los tres años perdí un diente de leche en un madrazo contra la escalera de 20 escalones de mi casa nueva (3+20=23). Mi madre me bordó 25 vestidos ampones, pero sólo existe un récord fotográfico de 23 (and counting). El 7 de julio de 1997 (23 años después del nacimiento de Kate Moss… que no sé qué pitos tiene qué ver conmigo, pero pues así fue) tuve un accidente automovilístico en el que perdí aún más dientes; actualmente sólo cuento con 23 piezas en mi cavidad dental, más una muela de juicio a medias… así que esa no cuenta.

El 23 de junio de 1970 nació Yann Tiersen, y el de 1914 Pancho Villa le quitó Zacatecas a Huerta. Hace poco conocí a un tipo que tiene 23 años y es fanático de Amelie y las bromas sobre el Bicentenario y Centenario. Mis padres se separaron a los 23 años de casados, mi perra parió trece cachorros a los 23 años perrunos de vida, tengo 23 pares de zapatos, y hoy cumplo 23 años.

Hmmm. La teoría conspiracional del Santo Patrón del Discordianismo no es tan emocionante cuando una lo aplica a su vida. Pero algún toque trágico tenía que meterle al vigésimo tercer aniversario de mi existencia en este mundo. Si no, no sería yo.

Buenas noches, y feliz cumpleaños a mí, a dos patadas valer un cuarto de siglo.


Para leer el manifiesto paranoico (y algo divertido) de Robert Anton Wilson, pinche con su cursor aquí.

lunes, 13 de septiembre de 2010

… So mothers, be good to your daughters too

Lorenza mira a la ventana mientras se avienta un monólogo revelador. Aspira de su Farito sin filtro, apretando la punta con sus uñas color mamey. Ni en las desgracias pierde su pose de drama queen desparpajada; el rímel corrido le alcanza las comisuras de la boca, pero ni se inmuta, orgullosa de sus propias lágrimas. No hay nada más satisfactorio que llorar por una buena razón. Ella, que siempre lo hace por nada.

-No importa lo pródiga que seas –dice entre carcajadas atragantadas de agua salada–; lo ingrata, desconectada, huérfana y puta que te vuelvas. En el fondo, todas, todas, todas no somos más que viles hijas de nuestras madres. Míranos: somos el destajo de sus neurosis y sus traumas; los cuales, por supuesto, vienen de sus propias madres.

Ana se limita a escucharla. Alza la mano para pedirle un toque, y aspira tabaco corriente con dificultad. Pero no tose, por respeto al silencio sepulcral de la pausa de Lorenza en su discurso desquebrajado.

-Neta, míranos –Lorenza continúa, aún con los ojos húmedos clavados en la ventana–. Nunca vamos a salir del círculo. Por los siglos de los siglos, seremos portadoras y otorgadoras de traumas femeninos… a menos que logremos parir puros hombres, seamos lesbianas, abstemias o estériles.

-Siempre puede intentarse romper el patrón…
-Ni madres, jamás. Es imposible.

Otra pausa para darle la última calada al Farito agonizante. El humo espeso empaña la división minúscula entre las dos. Ana toma la bachicha de la mano temblorosa de Lorenza y la aplasta en el cenicero, mientras que Lorenza toma distraídamente otro cigarro de la bolsa de su chamarra.

En circunstancias normales, Ana haría un comentario al respecto de lo dañino que es prender uno detrás de otro, pero decide omitirlo. Sonar maternal en estos momentos no es lo más pedagógico. Se calla la boca con el cigarro que Lorenza le ofrece después de haber prendido el suyo.

Ambas expulsan humo de sus bocas. El cuarto se hace más pequeño y sofocado. Alguien tiene que decir algo. Pronto.

-Nunca podrás huir de tu madre –vuelve Lorenza a su discurso parricida–. Neta, Ana, te lo digo yo que hasta he puesto tres pinches estados y carreteras de cuota de por medio. De nada sirve…
Puedes esconderte en una cueva en el Himalaya o en esta pinche Tapatilandia jodida, a cientos de kilómetros de sus quejumbrosidades… pero su voz provinciana te va a asaltar en los peores momentos. Te digo, creer escuchar a tu madre es la esquizofrenia más socialmente aceptada…
Cada vez que muerdo una galleta entre comidas o tomo mi maldita cápsula bicolor porque no puedo procesar emociones de una manera normal; cuando se me cae el pelo por pasar más de lo necesario boca abajo y frente al excusado, cuando lloro a lo estúpido por las noches como ella lo hacía, la muy mártir… ahí la escucho: ‘Lorenza, hoy no puedo hacer de comer, no, no pude limpiar la casa, no me siento con ánimos de nada… préndeme un cigarro y cierra la puerta cuando te salgas. No, Lorenza, no uses falda, tus piernas están muy anchitas. Gordita, ¿ya viste? Esos jeans no te quedaban tan apretados el mes pasado... No, no alcanzo a ir a tu recital, tengo una conferencia de autoayuda… a ver, sume la panza, enderézate. ¿Vas a salir vestida así? Ay gordita, voy a ir a otro retiro de una semana, tuve una crisis muy fuerte y necesito pensar en mi’.

Lorenza se suena la nariz con la manga de su chamarra. Voltea por fin hacia Ana mientras le da el golpe a su cigarro. Sus uñas mamey brillan en contraste con la palidez de su rostro exprimido por el llanto. Sonríe.

-Pero por fin lo entiendo; es inútil. He dedicado seis años a ser todo menos mi madre. Y no voy a llegar a ningún lado. Luchar contra ella es, en realidad, luchar contra mí. Yo soy mi madre. Ella y todos sus traumas.

miércoles, 8 de septiembre de 2010

Amor en los tiempos del iPod

For me, if we’re talking about romance, cassettes wipe the floor with PM3s. This has nothing to do with superstition, or nostalgia. MP3s buzz straight to your brain. That’s part of what I love about them. But the rhythm of the mix tape is the rhythm of romance, the analog hum of a physical connection between two sloppy, human bodies.

-Rob Sheffield, Love is a Mixtape


La radiografía de nuestras vidas está en todas las listas de reproducción musical. En los mixtapes jodidos que hicimos en preparatoria, en los cassettes olvidados de artistas poperos y melosos de los noventa… en la torre olvidada de discos y la capitalista carátula de un iPod.

Nuestra música es tan personal como las canciones que nos avergüenzan y sólo escuchamos en la seguridad de nuestros audífonos; tan pretenciosa como el long play de The Beatles que colgamos en nuestro cuarto y nunca hemos escuchado en nuestra puta vida; tan dolida como las canciones que tenemos que quitar del radio para no deshacernos en lágrimas tontas; tan predecible como la playlist que pones todas las mañanas camino al trabajo, a la escuela, en el gimnasio… tan espontánea como la bellísima y tontísima felicidad por haber descubierto una nueva banda, y la cursi pregunta de cómo pudiste haber sobrevivido todos estos años de mediocridad musical sin haberla escuchado…

Nunca se está más expuesto que cuando un tercero hurga sin permiso en la biblioteca musical de uno. Nuestra desnudez mide 17 gigabytes y suena a una mezcla aleatoria de sonsonetes que abarcan más décadas que las que uno ha vivido. Sabe a recuerdos que sólo pueden ser desempolvados por las canciones más inesperadas. Y siempre se siente como si fuera la primera vez; la de-virginización de tus oídos y el destape de tu alma con una canción tan esnobista como un b-side de Radiohead, o tan decadente como la Britney en sus buenos tiempos. Suenan los primeros acordes y ya, así de fácil, nos evidenciamos. Salimos del clóset melómano.

Amo la música. Lo digo sin un solo atisbo de exageración. Llevamos una relación de muchos años, por supuesto inestable, y como todo, tenemos nuestras épocas en las que nos adoramos con locura y desenfreno, y otras en las que la quiero agarrar a madrazos.

No funciono sin ella. Dejo que me explique, que lleve la conversación por mí; que me ningunee, que me grite, me deprima y me haga llorar; que me ponga de buenas y me obligue a hacer cosas tan impensables como bailar con mis dos pies izquierdos (el alcohol da el último empujoncito, pero ni le digo, porque se me pone celosa); no me pide que la entienda todo el tiempo, se aguanta cuando la juzgo y todavía tiene la ocurrencia de ponerle chispa a la relación y sorprenderme de vez en cuando. Está en todos los aspectos de mi vida, y es referente omnipresente mi archivo mental; no hay recuerdo en mi cabeza que no tenga una cancioncita de fondo.

Comer y respirar música tiene sus consecuencias desastrosas. Es una montaña rusa, como el efecto que quieres darle a tu mixtape, para que la experiencia musical sea llevadera… y terminas haciendo un aleatorio terrible y tropezado. No, amar la música no es tan glamoroso todo el tiempo.

Implica regresar a cada rato a etapas que uno quisiera borrar, y cada vez que escuches a Sugar Ray antes del sobrepeso de Mark McGrath vuelvas a tener trece años, traigas otra vez esa horrorosa blusa negra de mangas acampanadas que te prestó tu prima, tu planchado disparejo, y estés una vez más en la barra de refrescos de la tardeada de tu escuela católica, suspirando por un puberto del colegio de hombres de la esquina que te ubica como la Daria de la generación…

O, pasados los años de tu lastre social, estés en una reunión de comunicólogos mamertos, que recitan frases de Foucault que leyeron en Selecciones, escuches a la señorita Gaga en las bocinas, y seas la única que comete el faux pas intelectual de cantar con la mano hecha puño (la batiseñal del micrófono).

Implica que cada vez que escuches una canción que te mata y enloquece, escupas un “me encanta esta canción” innecesario, y no puedas concentrarte en la conversación con el individuo frente a ti, por tararear la canción en tu cabeza; y sabes que puedes escucharla mil veces más en otra ocasión, que en ese momento es más importante sonreírle al imberbe que tienes en frente y que te dará ride de regreso a tu casa… pero es imposible. Es más fuerte que tú. TIENES que tararearla como zombie y menear la cabeza en señal de aprobación, para despistar al del enfrente.

Implica que, en tus momentos depresivos, no puedas ni sintonizar Millenium Bella Música (105.1 FM), porque hasta la pinche bagatela de Beethoven te recuerda al incompetente al que le dedicas tu deshidratación lagrimal. Y los violincitos te apachurran el espíritu, y, oh, maldito seas, Yo-Yo Ma, porque el día que conociste a ese gaznápiro obtuso que te rompió el corazón, venías escuchando al taka taka virtuoso. Y vetes canciones que amas, borres listas de reproducción y escondas en los rincones de tu cuarto esos mixtapes horrorosos con canciones que probablemente era dedicadas para ti, pero ahora suenan a marcha fúnebre.

Implica que relaciones todos los eventos triviales e inútiles con lanzamientos internacionales de álbumes, reseñas, muertes y suicidios. Y recuerdes que el día que murió Michael Jackson tú ibas en el coche de la mano de un programador, o que el mundo se convirtió en un lugar mejor cuando Adele decidió aceptar su sobrepeso, dejar a su novio alcohólico y sacar ese maravilloso álbum… que la primera vez que escuchaste a Esperanza Spalding en la radio fue el día en el que se te rompió el tacón frente a la Catedral como castigo divino por haberle negado una cooperación a una misionera enfadosa, y que Lhasa de Sela sacó su hermosísimo álbum La Llorona el mismo año que tú perdiste tus dientes en un accidente.

Implica hacer un esfuerzo monumental para reconciliarte con una canción. Porque hacer paz con ella es hacer paz con lo que menos aprecias de ti: tu excesiva vulnerabilidad. Sabes que tu salud emocional corre al ritmo apachurrado de un Jay Jay Johanson drogado, o el sampleo asqueroso de un gritito perdido de Mademoiselle Dion echando sus vibrattos en It’s All Coming Back To Me Now (y hasta te dan ganas de ponerte ese camisón largo y correr por los pasillos como en su video)… como las palabras que se te atoran en la garganta, y las intercambias por rimas cursis que alguien más escribió, pero parece que se las hubieses dictado letra por letra (gracias, Martha Wainwright, por haber escrito Bloody Motherfucking Asshole… era justo lo que quería decir…).

Amo la música en el paquete que venga. Me deshago de ternura con los cassettes con canciones grabadas de la radio que quedaron atorados en mi grabadora de la infancia, me doy pena cuando encuentro arrumbados mis CD’s vergonzosos de mi época de punk barato, y me enorgullezco de seguir haciendo excursión especial a Mixup a comprar discos de música clásica a precios estúpidamente baratos. Porque la devoción a este arte es independiente de las nuevas tecnologías, la piratería o los reproductores de mp3 con más aplicaciones de las que puedo aprender a usar…

Amo la música, más allá de cualquier etiqueta esnobista. El respeto a lista de reproducción ajena es la paz. Más allá del inexistente género musical ‘indie’, de la programación pitera de Exa FM y la asquerosidad de ser humano que es Oliveros con su Coup D’Etat. Más allá de las malas pero bien intencionadas habilidades de locución del tipo de Rutas Alternas, o la terrible traducción de canciones que hace el fulanito de Leyendas del Rock. Más allá de escuchar a vejestorios como Joni Mitchell, o aceptar que escuchas pop en español cuando nadie te está viendo.

Amo la música, con todo lo trágico, geek y nostálgico que ello conlleva. Una desgracia sin violincitos no sabe igual de amarga. Y una victoria sin el sonsonete de U2 con alguna chaqueta mental como Beautiful Day no tiene el mismo sabor.

Buen día, melómanos.

viernes, 20 de agosto de 2010

Porque hablarse en segunda persona es terapéutico

Para Ángela, por su milagro en clase de Introducción a la Profesión

Mira que eres curiosa. Las cosas que tienes que arruinar para darte cuenta que es tiempo de seguir adelante.

Te quisiste esconder en la biblioteca de la universidad como lo hacías antes, pero, oh sorpresa, ya no te funciona. La solemnidad de libros cerrados y el olor a polvo no te reconforta más. Te diste un break de la comida y te protegiste en tus audífonos para no pensar; incluso olvidaste las buenas maneras y evitaste a gente que sabías que te pediría cuentas.

Pensaste y repensaste y re-repensaste ad nauseam. Consultaste con cuanto cristiano te topabas en los pasillos qué diablos hacer con esta coyuntura emocional, porque, hay que admitirlo, eres brillante para unas cuantas cosas… pero para las relaciones humanas eres re’ pendeja.

Y al final, tu epifanía te la encontraste ayer en un salón asfixiante de clase de 4 de la tarde, con tu heroína colombiana Miss Godoy y sus ‘vainas’ y elocuencias verbales exquisitas. Es tan sencillo…

Tu pasión, querida tronca emocional, ¿cuál es tu pasión?

Corres al estacionamiento de la universidad, te subes al coche, prendes la radio, y crees escuchar en la voz de Noel Gallagher “you know that it’s time to wake up, wake up” (sabes que la canción no va así, pero esta fe de erratas es perfecta para tu revelación cósmica de pacotilla).

Y despiertas en tu amada Avenida López Mateos, y te das cuenta de tu estómago vacío, tu desmadre de papeles en el asiento, tus uñas mal cortadas, tu expresión facial descompuesta… y tienes hambre, sí, por fin tienes un chingo de hambre; y tu cabeza empieza a carburar y enlistar todos los pendientes con tu vieja meticulosidad histérica. Y puedes recordar todas las otras cosas que te apasionan, por las que también te desvives y te emocionas como quinceañera vestida de colores pastel. Tus otros planes, tus otras metas.

Y hoy vuelves a levantar la cara y avientas sarcasmos de defensa personal, buscas qué libro leer, sacas tu pobre guitarra arrumbada, vuelves a llenar tu agenda, a preocuparte por el poco tiempo que tienes para hacer las cosas y a comprar comida chatarra en la cafetería, con tu habitual complejo de culpa intrascendente. Vuelves a mirar tus tacones arrumbados y piensas, chingue su madre, ahora me los pongo y les doy el valor superficial que les corresponde; ya no son el símbolo de mi vida de periodista en pausa… son unos pinches tacones bien altos que a ver si no azoto con ellos hoy en la noche.

Oh, Adris, you´re back.

miércoles, 18 de agosto de 2010

Aftermath

Siete días después del inicio de tu enésima crisis existencial te das cuenta. Oh, que bíblica te estás poniendo con las fechas. Pero es cierto, lo sabes y lo sientes en tu estómago que no ha podido digerir sólidos desde el domingo.

Lo sabes. Es tiempo de darte cuenta que estás actuando como tonta, y ya va siendo hora de que madures.

Y sí, madurar apesta. Madurar implica dejar de aferrarse a la caja de Kleenex y el pretexto de quedarse en cama porque el pinche mundo se le cae a uno encima. No, nada se está cayendo, sólo tus ánimos, y un poco de aguas pluviales en Tapatilandia, por aquello de los temporales de agosto y septiembre.

Pero sabes que es hora de hacerlo, de dejar de creer que la traslación depende de tus cambios de humor, y que los dioses conspiran en tu contra para que llueva todas las tardes. No te dieron el trabajo que querías desde que tenías dieciséis años, y llorando por él no vas a conseguir nada.
Y voilà, te levantaste hoy y te diste cuenta que por haber gastado estos días en sentir lástima por ti innecesariamente, ha arruinado un día que habías esperado, por el que habías desmembrado calendarios y agendas.

Adris, sabes que la cagaste.

Sabes que haber bromeado con tu desempleo el viernes no es haber llegado a la quinta etapa de superación. Que el sábado te viste como una caprichuda por amarrarte a tu cobija y encerrarte en tu cuarto. Que para el domingo seguía quebrándosete la voz cuando tenías que contar lo que habías hecho el verano. Y, reverenda estúpida, que el lunes no abrazaste a ese que habías esperado tantos meses como Penélope región 4 y ni le dijiste ese speech que habías preparado toda la mañana por cobarde, y te saliste del coche así, como si nada; y todo por tu maldito afán de sentir lástima por ti.

Y el martes no le retiraste la mirada a tu celular. Y hoy no dejas de repasar uno por uno todos los detalles en los que metiste la pata.
Y mañana…

No. Mañana no. Hoy, hoy te levantas, te lavas la cara, te pones el maldito rímel, y más te vale que sonrías y tomes ese plan B: seguir viviendo. Y seguir viviendo no es deambular por los días con la misma cara de sufrida. Es hacer que las cosas sucedan.

Sí, la cagaste. Ahora lo arreglas.